Las bajas totales de la Decena Trágica sumaron alrededor de dos mil personas. A ellas se agregarían los asesinatos del presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez.
Antes de la invasión a Veracruz de 1914, Estados Unidos también había intervenido, a través de su embajador Henry Lane Wilson, para que los grupos opositores al presidente Francisco I. Madero llevaran a cabo el golpe militar de febrero de 1913, que provocó una cruenta batalla en plena capital mexicana.
Ya en los últimos años del Porfiriato y a punto de entrar en una guerra civil, el Ejército mexicano comenzó a instruirse sobre la novedosa arma aérea que las potencias occidentales desarrollaban con diferentes diseños. Los servicios de aeronáutica del ejército francés, por ejemplo, contaban con globos y dirigibles, además de que se desarrollaban los primeros biplanos armados con ametralladora y ganchos para pequeñas bombas.
El ataque pirata sobre San Francisco de Campeche el 9 de febrero de 1663 había sido vaticinado por los pobladores de la localidad, toda vez que habían tenido noticias de los asaltos a las localidades contiguas. Esa mañana, con el veloz actuar de los cientos de piratas que saltaron a tierra por el rumbo de Samulá comenzó la pesadilla de los locales que, abandonados por las autoridades novohispanas, poco pudieron resistir.
La Constitución más democrática hasta ese momento, consagró las libertades individuales, las de enseñanza, trabajo, pensamiento, petición, asociación, comercio e imprenta, entre otras cosas.
El discurso en favor de la mejora en las condiciones de los trabajadores enunciado por el legislador yucateco Héctor Victoria (con lentes) durante los debates parlamentarios de 1916, serían la base del artículo 123 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
Partícipe de la Constitución de 1917, el diputado Enrique Colunga argumentó la necesidad de revitalizar a la República y no solo la capital. “Estamos convencidos de que ella tiene vitalidad, fuerza intelectual y espléndida salud moral. Esta convicción es la base de nuestro anhelo federalista”.
Educar: ¡libertar! He aquí la clave de los magnos sistemas educativos: soplo de redención que se escapa de todos los poros de la naturaleza enseñante, pasa a través de los ramajes egregios de las más altas filosofías y va a cristalizarse en los labios admonitores de Zaratustra evangélico, en aquel solo precepto que tiene para el gran rebaño: “Sigue tu carácter personal y llega a ser el que eres”. Educar: ¡libertar! (Alfonso Cravioto, 1908).
El espíritu de la carta magna más avanzada de su tiempo
El proyecto de Constitución entregado por don Venustiano al Congreso constituyente era liberal y restaurador. Miraba a la carta magna de 1857, aunque buscando suprimir sus errores de funcionamiento.
El diputado yucateco Héctor Victoria subió a la tribuna del Congreso constituyente para dar un discurso basado en su experiencia laboral, demostrando a los legisladores que tenían en sus manos la oportunidad de realizar un cambio absoluto en beneficio de los trabajadores. Victoria logró convencer a Pastor Rouaix, uno de los hombres más allegados a Carranza, sobre la necesaria legislación laboral.