A ningún mexicano, de cualquier latitud, la imagen del Escudo Nacional le resulta extraña ni fuera de la realidad natural. Pareciera herencia ancestral unívoca e incuestionable, casi genética; sin embargo, esta representación ha llegado al siglo XXI por las insondables, profundas y dinámicas corrientes culturales de cuando menos tres mentalidades que, en sus épocas de florecimiento, les dieron lecturas muy distintas a las modernas. Y más de alguna vez pudo, simplemente, no haber sido; se habría registrado tan sólo como una figura entre las muchas que pueblan el universo de la arqueología. Reconocernos en esa imagen ha tenido una historia... Aquí recordaremos algunos de sus pasajes.
Desde tiempos remotos, todo clan, comunidad, sociedad o nación ha requerido de un símbolo de identidad que unifique a sus miembros y los distinga frente a los demás. México no ha sido la excepción.
En 1821 Iturbide mandó hacer una bandera tricolor y decidió que el color blanco representara la religión, el verde la independencia y el rojo la unión entre españoles y mexicanos.
Reseña del libro Historia de la bandera mexicana. 1325-2019. Autores: Enrique Florescano y Moisés Guzmán Pérez. México, Taurus, 2021, 304 p.. Precio: 399 pesos.
Zuazua emboscó a las fuerzas de Miramón recurriendo a una estrategia muy frecuente en la lucha contra las tribus originarias norteñas: posicionarse en un lugar muy favorable y desde ahí disparar a las tropas enemigas.
Varias de las deformidades presentadas en siglos pasados no fueron producto de nacimiento, sino de enfermedades como la lepra, polio, artritis, etcétera, que degeneraban o dejaban secuelas en el cuerpo. Hasta nuestros días se lucra en diversos medios de comunicación con la imagen de rostros deformes. El señalamiento hacia lo extraordinario parece no tener fecha de caducidad.
Orígenes de una gran devoción y de un famoso barrio
Las colonias Narvarte (Oriente y Poniente) y Piedad Narvarte se encuentran al sur de la Ciudad de México; sus icónicos edificios del siglo XX, sus casas habitación, sus locales comerciales de distinto tipo y tamaño –desde los más pequeños hasta la monumental plaza Parque Delta– no nos permitirían sospechar que, en el periodo colonial, algunas de sus calles formaron parte de un pueblo que alojó a una importante devoción para la ciudad y sus localidades aledañas: el santuario de Nuestra Señora de la Piedad.
Las narraciones hagiográficas relatan que, para librarse de un matrimonio no elegido, Eufrosina se vistió de hombre y así profesó en un monasterio masculino bajo el nombre de Esmeraldo. Casi al final de su vida, confesó el secreto y, tras su muerte, los monjes veneraron sus reliquias, que comenzaron a realizar milagros.
La anécdota aconteció en este contexto de transición presidencial. Resulta que, en cierta ocasión, Barros Sierra y Díaz Ordaz coincidieron en la puerta de entrada de un acto público, ambos en calidad de secretarios de Estado. Ordaz envidiaba y temía a Barros Sierra, en parte, debido a su prosapia intelectual (Javier era nieto de Justo Sierra y tenía a cuestas una sólida carrera profesional, política y universitaria). Entonces, Díaz Ordaz se detuvo, le cedió el paso a Barros Sierra y, en tono burlón de risita dentada, le dijo: “Primero los sabios”. Barros Sierra, mordaz y cáustico como era, le contestó: “No, pase usted, primero los resabios”.