Con el respaldo de Pemex Travel Club, la industria turística impulsó también la construcción de hoteles y centros vacacionales para alojar a los numerosos visitantes nacionales y extranjeros que acudían a los diferentes destinos del país.
En el Colegio de la Santa Cruz del siglo XVII, las prácticas religiosas incluían rituales penitenciales. Como prácticas ejemplares, los frailes de la Santa Cruz llegaban a portar cruces, sogas y coronas de espinas; incluso, hacían que les dieran bofetadas, les tiraran de las cuerdas y los pisotearan, intentando vivir en carne propia el suplicio de Cristo.
En los primeros años del México independiente se ordenó que las pulquerías se trasladasen a las afueras de la ciudad, con lo que se perdió aún más el control sobre ellas.
A principios del siglo XIX, estos establecimientos se habían convertido en espacios increíblemente grandes, pues, a pesar de que la norma decía que el “jacal” no debía exceder un espacio de 16 por 12 metros, en la mayoría podían estar de 500 a 600 personas; y aunque no tenían permiso para tener asientos para la gente, muchos expendios habían añadido extensas áreas para sentarse a lo largo de las paredes y amplias mesas para el gran número de personas que pasaban buena parte del día en ellos.
Aquellos a quienes se les permitía la distribución de octli estaban familiarizados con la obtención del aguamiel, pues poseían las tierras para el cultivo de los magueyes de donde se extraía.