Durante el siglo XVI, Malintzin no fue recordada como traidora, eso fue un invento del siglo XIX. Por el contrario, en múltiples representaciones indígenas y novohispanas aparece como una figura clave, incluso positiva: mediadora, traductora, puente entre dos mundos. En códices como el Lienzo de Tlaxcala, se le ve participando en encuentros, batallas y negociaciones. No es una figura pasiva, sino activa y visible.
Su papel tenía también una dimensión simbólica. En las tradiciones políticas indígenas, la alianza con una mujer noble podía legitimar el poder. En ese sentido, la relación entre Cortés y Marina pudo haber sido interpretada como un mecanismo de legitimación. No es casual que muchos indígenas llamaran “Malinche” tanto a ella como al propio Cortés: ambos encarnaban una misma voz de autoridad.
Con el tiempo, su figura trascendió lo histórico para convertirse en emblema. En la cultura novohispana, especialmente entre la nobleza criolla, Malintzin encarnaba la imagen de la Nueva España: una especie de cacica fundadora, vinculada incluso simbólicamente con Moctezuma. Juntos, comenzaron a se un binomio indispensable para representar un pasado indígena que legitimaba el presente colonial, con una carga de orgullo y nobleza. Su imagen fue muy recurrente en las fiestas de la sociedad novohispana, piezas teatrales, en impresos y pinturas, ataviada siempre con: un huipil, portando un penacho de plumas en un brazo o en la mano y tocada con el tradicional xiuhuitzolli o diadema de turquesa, usada por la élite mexica. El emblema de la cacica coronada daba al reino un sentido de autonomía, le otorgaba la majestad y autoridad de un glorioso pasado indígena. Primeros síntomas de la identidad criolla.
Pero esta imagen no perduró.
Fue en el siglo XIX, con la construcción del nacionalismo mexicano, cuando su figura fue resignificada radicalmente. En busca de héroes y traidores, la historia necesitó simplificarse. Y Malintzin —mujer, indígena, mediadora— fue convertida en símbolo de traición. Así nació “La Malinche”, como un símbolo de la leyenda negra de la Conquista.
Todavía hasta hoy el término malinchista está vinculado con aquellos que prefieren lo extranjero a lo nacional. Estas concepciones no tienen ninguna base histórica, pues en el siglo XVI México como nación no existía, doña Marina no pudo tener conciencia de que estaba traicionando a sus “hermanos de raza”; no había un sentimiento de identidad de los pueblos indígenas frente al invasor, ni aún aparecía el concepto de raza. Tampoco puede entenderse la conquista como un enfrentamiento binario entre españoles e indígenas, cuando múltiples pueblos participaron activamente en alianzas complejas. Considerar a la Malinche o a los tlaxcaltecas como “traidores” fue consecuencia del proceso de formación del nacionalismo mexicano indigenista que, gestado en las últimas décadas del siglo XIX, tuvo su gran auge en los movimientos culturales posrevolucionarios.
La figura de Malintzin cargó, entonces, con una culpa y un estigma que no le correspondía.
Paradójicamente, el siglo XX intentó recuperarla: como madre del mestizaje, como figura fundacional, como símbolo cultural. Hoy, desde perspectivas contemporáneas —como los estudios de género o las comunidades chicanas— su imagen vuelve a ser revisada, cuestionada, resignificada.
Entre la intérprete histórica y el mito de la traidora hay siglos de discursos, intereses de poder y proyecciones subjetivas.
Y frente a ellos, la pregunta sigue abierta:
¿Quién fue realmente Malintzin… y quién necesitamos que sea?
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¿Cómo citar este artículo?
Antonio Rubial García, “Malinche. Su historia y su leyenda”, Relatos e Historias en México, núm. 210, Abril, 2026, pp. 30-49.

