Antes de convertirse en el enclave patrimonial y cosmopolita que hoy conocemos, San Miguel de Allende fue una villa estratégica del Bajío novohispano, moldeada por la industria, la diversidad étnica y las profundas tensiones sociales del siglo XVIII. Su historia no se reduce a sus fachadas barrocas ni a su trazo armonioso o catedral neogótica, sino que se teje entre obrajes textiles, redes familiares, caciques indígenas y élites criollas que disputaron poder y prestigio en uno de los territorios más prósperos del virreinato.
El origen de la ciudad se remonta a 1542, cuando el franciscano Juan de San Miguel fundó San Miguel el Grande y erigió el primer edificio religioso, del cual hoy prevalece la Capilla de Indios en la zona conocida como “San Miguel el Viejo”. Sin embargo, el asentamiento fue llamado inicialmente “San José de los Chichimecas”, reflejo de su carácter fronterizo y del complejo proceso de evangelización en el norte novohispano.
La composición étnica de la región era diversa y dinámica. Habitaban en ella grupos guamares, otomíes, tarascos y nahuas, además de comunidades chichimecas organizadas en repúblicas de indios, muchas vinculadas a haciendas y barrios sujetos a la Villa. Destacó también una significativa presencia afrodescendiente, principalmente como vaqueros en estancias ganaderas y trabajadores en obrajes. En contraste, una élite española, mestiza y criolla —en muchos casos de origen vasco— concentraba la propiedad de la tierra, los talleres y el poder político. Algunas familias ostentaban títulos nobiliarios o pertenecían a órdenes militares como la de Santiago o Calatrava. Financiar templos, hospitales, fuentes, retablos y conventos no solo era un acto de devoción, sino una demostración pública de prestigio y control social.
La traza urbana que fue adquiriendo con el tiempo respondió a un orden sanitario y a una especialización social del espacio, organizada según funciones productivas, religiosas y habitacionales. Sus extensas tierras de pastoreo impulsaron el desarrollo del ganado vacuno y ovejuno, convirtiendo a la villa en un importante centro abastecedor de carne, grasa y pieles que circulaban hasta los puertos de Veracruz y Acapulco. Su ubicación en la ruta de la llamada Garganta de Tierra Adentro la integró a una vasta red de caminos que la comunicaba con la Ciudad de México, Guanajuato, Zacatecas, San Luis Potosí e incluso Santa Fe.
La industria textil constituyó su principal motor económico. Los obrajes funcionaban gracias a una compleja infraestructura hidráulica alimentada por la presa de Cieneguilla. La lana trasquilada se transformaba en cobertores, colchas, zarpes y rebozos, muchos de ellos elaborados por mujeres, cuyo trabajo resultó fundamental para la economía local.
En el terreno político y social, las posturas indígenas fueron diversas. Mientras algunos alentaban levantamientos de labradores frente a los abusos de españoles, otros caciques buscaron legitimarse dentro del orden imperial. Tal fue el caso de Felipe Bartolomé Ramírez Hernández de la Mota, quien solicitó al rey Carlos IV la concesión de escudos de armas que reconocieran su nobleza indígena. Estos gestos —junto con los cortejos y manifestaciones públicas de fidelidad al monarca y a la Iglesia— constituyeron formas complejas de negociación política y de reivindicación de una nobleza indiana.
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