Al amanecer, con el barrio de la
Lagunilla como forzoso refugio,
la pequeña Aurora va con una tablita
en mano ofreciendo el pan que ha
horneado pocas horas antes su mamá:
“¡Bísquetes, hay bísquetes!”, grita y
vuelve a gritar, mientras se mantiene
atenta a la bolsa con piedras que
también carga para sorrajarle un proyectil
en la cara o donde se pueda a alguno
de los muchachos que con frecuencia
intentan robarle su mercancía.
Ni modo: hay que aprender
a sobrevivir en tiempos de miseria,
de hambre y de muerte.
Nació el 9 de septiembre de 1908 en Hidalgo del Parral, Chihuahua. Era nieta del general Bernardo Reyes, figura clave del Porfiriato, cuya muerte durante la Decena Trágica marcó el destino de su familia. El miedo los obligó a esconderse, a bajar la voz, a desaparecer entre la multitud. Y su familia se mudó a la Ciudad de México, a una vecindad que ella misma recordaría como “espantosa y promiscua”, Aurora aprendió algo que no se enseñaba en la escuela: resistir.
Rebeldía antes que disciplina Cuando por fin llegó a la Escuela Nacional Preparatoria, no tardó en destacar… pero no precisamente por su docilidad. Ahí conoció a Frida Kahlo y desde entonces se hicieron amigas inseparables. Dos jóvenes con miradas incómodas para su tiempo. Aurora como era de esperarse, no encajó. Fue expulsada tras golpear a una prefecta por acusarla de libertina. Ese fue el principio de su pensamiento intolerable a la injusticias sociales y de conciencia de clase.
Al tiempo, encontró su camino en el arte. Pasó por la Academia de San Carlos, aunque la abandonó porque eligió formarse por su cuenta. De acuerdo a su biógrafa, Margarita Aguilar Urbán, para 1927 ya era maestra de artes plásticas. Y no cualquier maestra. Mientras enseñaba, también se organizaba, protestaba y escribía. Creía en una enseñanza transformadora, alineada con el proyecto social del México posrevolucionario, la educación socialista del Cardenismo. Como Diego Rivera y otros artistas de su generación, apostó por un arte al servicio del pueblo.
Pintar como acto político. En 1936 se integró a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios. Ese mismo año pintó su primer mural: “Atentado a las maestras rurales”, una obra feroz, directa e incómoda. Con ella, Aurora Reyes no solo se dio a conocer: se convirtió en la primera muralista mexicana. Y, en contraste de las maestras idealizadas de Rivera, ella presentaba un retrato crudo de las violencias que enfrentaba su género en aquella noble profesión, marginada por los prejuicios machistas.
Como una mujer que se declaraba públicamente como: Comunista, sindicalista, feminista su lucha fue constante. Su espacio de acción no solo se quedó en el arte. Participó en debates, defendió causas sociales y apoyó movimientos como el de 1968. Su obra —poética y visual— habla de patria, de violencia, de mujeres, de historia. Pero también de algo más profundo:
de un país que prometía justicia… y no siempre la cumplía.
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El mural que casi nadie ha visto…
Entre sus trabajos más importantes están los murales del antiguo Auditorio 15 de Mayo del SNTE y una obra en particular que reinterpreta el origen mismo de México.
Una pieza donde el “encuentro” no es glorioso… sino tenso, violento, casi irrespirable.
Ahí, Aurora Reyes hace algo que pocos se atrevieron:
cuestionar el relato oficial desde el muro.
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¿Qué estaba realmente denunciando Aurora Reyes en ese mural? ¿Y por qué su obra sigue siendo incómoda incluso hoy?
Descubre la historia completa en la revista número 209.

