¿Debían concentrarse en formar a los hijos de las élites españolas? ¿O su misión principal debía dirigirse hacia los pueblos indígenas?
Mientras franciscanos, dominicos y agustinos ya trabajaban en la evangelización de los pueblos indígenas, una nueva orden llegó con cautela al virreinato: la Compañía de Jesús. Los jesuitas no eran como las órdenes mendicantes tradicionales. Su obediencia directa al Papa despertaba reservas en la Corona, que prefería mantener un control más estrecho sobre sus territorios americanos. Por ello, su llegada a Nueva España no fue inmediata ni sencilla. Cuando finalmente arribaron en 1572, trajeron consigo una misión clara: la educación. Muy pronto esa convicción los colocó en el centro de un debate crucial:
En ese cruce de caminos apareció una figura fascinante: Juan de Tovar
Fue un lingüista, historiador y educador. Participó en la elaboración de catecismos en náhuatl, promovió estudios gramaticales y, sobre todo, se interesó por el pasado del México Antiguo. Desde niño aprendió náhuatl y, con el tiempo, dominó también el otomí. Promovió la enseñanza de estos idiomas entre el clero, convencido de que la verdadera conversión requería diálogo y mutua comprensión. Entre las ideas más innovadoras defendidas por este jesuita estaba la posibilidad de ordenar sacerdotes indígenas, sin duda, un planteamiento que desafiaba las jerarquías coloniales de su tiempo.
El modelo jesuita de educación para la nobleza indígena, retomaba elementos de una tradición antigua: los cuicacalli, “casas de canto”, donde la memoria se entonaba; los jóvenes aprendían relatos de una historia oficial y religión a través del canto ritual y la danza. En los colegios jesuitas, el arte escénico ocupó un lugar central. Las misas cantadas, las representaciones y los mitotes no eran simples adornos litúrgicos. Eran formas de continuidad cultural, resignificadas en clave cristiana.
En estos espacios se enseñaban primeras letras, doctrina cristiana, canto, retórica básica y, en algunos casos, latín. Pero lo más significativo es que la enseñanza se realizaba en náhuatl y también en otomí. Era una dinámica de doble vía. Mientras los jóvenes indígenas aprendían teología y música sacra, los jesuitas perfeccionaban su dominio de las lenguas nativas. Evangelización y aprendizaje lingüístico avanzaban juntos
En lugares como Ciudad de México y Tepotzotlán, con el respaldo de figuras indígenas vinculadas a linajes como los Moctezuma, se donaron tierras, ganado y edificios para sostener colegios destinados a la descendencia noble indiana. Así nacieron los colegios: de San Martín en Tepotzotlán y, más tarde, el de San Gregorio en la Ciudad de México.
Para leer completo este artículo, te invitamos a consultarlo en: Antonio Rubial García, «Juan de Tovar», Relatos e historias en México, núm. 208, febrero 2026, 68-77pp.
