Nos reagrupamos en Casas Grandes para acordar un tratado de paz. Nos dimos la mano y prometimos ser hermanos. Luego empezamos a comerciar y los mexicanos nos dieron mezcal. Muy pronto, casi todos los indios estaban borrachos. Entonces, dos compañías de tropas mexicanas nos atacaron.
Habíamos estado peleando desde la una aproximadamente, y a media tarde, viendo que no progresábamos, di la señal para el avance. Se escuchó el grito de guerra y saltamos sobre cada piedra y por encima de los caballos muertos de los mexicanos, para luchar cuerpo a cuerpo.
"Aún detesto a los mexicanos. Conmigo siempre fueron traicioneros y maliciosos. Ahora soy viejo y nunca más volveré al sendero de la guerra, pero si fuera joven y regresara a él, este me conduciría hacia el Viejo México"
Tan pronto como reunimos algunas armas y provisiones, Mangas Coloradas, nuestro jefe, convocó a un consejo y encontró que todos nuestros guerreros estaban dispuestos a tomar el sendero de la guerra contra México.
No tenía arma, ni tampoco tenía deseos de pelear, ni podía considerar la recuperación de los cuerpos de mis seres queridos. No oré, ni decidí hacer nada en particular, porque no me quedaba ningún propósito.
Una semana después del atentado contra Ramón Corona, El Mercurio Occidental asombró a los lectores de Guadalajara con una primera plana impactante… La gente se quedaba pasmada ante esa portada que era una excelente imitación de los periódicos ingleses y franceses consagrados a dar cuenta de crímenes.
La teoría conspirativa del magnicidio de Corona, y la participación de Porfirio Díaz en ella, se avivó en los años posrevolucionarios, en particular luego de que el pintor y escritor Dr. Atl publicara sus recuerdos sobre aquel hecho, sucedido cuando era un adolescente que vivía en Guadalajara.
Ramón Corona fue de los hombres más importantes del ejército mexicano durante la Segunda Intervención francesa y su nombre era respetado en regiones alejadas de su poder político. Querido por el grupo liberal, dos de sus hijos (Ramón y María Victoria) se casaron con sendos nietos de Benito Juárez. En los años de infancia de Primitivo Ron, ya era considerado un prócer.
El cadáver de Primitivo Ron fue mutilado de un brazo, al parecer por venganza. La extremidad disecada fue conservada en el Hospital de Belén (hoy Hospital Civil de Guadalajara) e incluso, a partir de marzo de 1919, exhibida en el Museo Regional de la capital de Jalisco.
Aquel 10 de noviembre, horas antes de cometer el atentado, Primitivo Ron también visitó la oficina postal de Guadalajara. Allí depositó la carta dirigida a El Siglo Diez y Nueve. El escrito llegó al diario el 12 de noviembre, un día después de la muerte de Corona.