• 21-nov-2019.

México a través de los siglos

Alfredo Ávila Rueda

 

En 1881, el presidente Manuel González encomendó a Vicente Riva Palacio que escribiera una historia de la guerra de intervención francesa, el imperio de Maximiliano y el triunfo de la república, con cargo al erario. Sería una obra celebratoria, encargada a uno de los más distinguidos literatos de la época.

Vicente Riva Palacio era nieto de Vicente Guerrero, e hijo del notable político Mariano Riva Palacio. Tenía una trayectoria importante como escritor y autor de novelas históricas. Este reconocimiento se completaba con sus actividades en la defensa del programa liberal y en la misma guerra contra los franceses.

Al parecer, Riva Palacio cayó en una de las más frecuentes prácticas de las personas dedicadas a la historia, que a veces puede convertirse en un feo vicio: la búsqueda de los orígenes del tema que se está estudiando, incluso los más remotos. De ahí que para estudiar la intervención francesa en México se propusiera revisar los intentos de invasiones europeas al territorio que sería mexicano desde 1577 (la de Francis Drake) hasta el triunfo de las fuerzas republicanas contra Maximiliano y el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Francia.

Según señala el historiador José Ortiz Monasterio, había otro motivo para hacer una historia completa de México. En 1875, el abogado Ignacio Álvarez publicó en Zacatecas unos Estudios sobre la historia general de México, en seis volúmenes, que cubría la historia del “pueblo mexicano” desde su infancia, es decir, desde la etapa antigua, hasta el fusilamiento de Maximiliano. El autor aseguraba que la historia mexicana o la de cualquier nación semejaba a la de un ser humano, de modo que había que relatarla desde los primeros tropiezos infantiles hasta la madurez. La escritura de la historia general era un servicio de amor a la patria, para conocer las características del pueblo mexicano “desde su más remoto origen”.

Como puede verse, Álvarez ya incorporaba la propuesta de Larráinzar de que México era el mismo objeto de historia desde tiempos inmemoriales hasta la actualidad. Algo semejante hizo el español Niceto de Zamacois en los veinte volúmenes de su Historia de Méjico, que empezó a aparecer en 1876.

Las dos primeras historias generales de México, la de Álvarez y la de Zamacois, fueron escritas por notables conservadores. Era urgente elaborar una historia general hecha por los liberales, por los ganadores. En 1882, Riva Palacio cambió el proyecto original, aunque decidió dar un volumen completo al periodo que empezó con la Constitución de 1857 y concluyó con el fusilamiento de Maximiliano.

Reunió a un equipo formado por destacados literatos para escribir la historia general, a la que bautizó como México a través de los siglos. Este trabajo, publicado en cinco volúmenes, es el cumplimiento de la frase de Orwell, es la historia escrita por los ganadores. En el título se presumía que era una “obra única en su género”. No lo era, pues ya había dos anteriores, pero eran conservadoras y el Estado mexicano las echó en el olvido. No volvieron a editarse ni fueron promovidas.

El primer volumen del México a través de los siglos, siguiendo el plan de Larráinzar, estuvo dedicado a la historia antigua y de la conquista. Riva Palacio lo encomendó a Alfredo Chavero, un abogado cuarentón que no había estado involucrado en disputas ideológicas, aunque participó en contra de los franceses y luego hizo política en Ciudad de México.

Aunque Riva Palacio escogió a Chavero por sus aficiones arqueológicas, el autor del tomo primero recurrió principalmente a documentos, códices y testimonios de la conquista. Empezó su trabajo con los olmecas, a los que consideraba de raza negra, y cómo fueron desplazados por los que podrían considerarse los primeros mexicanos, los otomíes y los toltecas. Aunque dedicó algunas páginas al área maya, su predilección fue por los toltecas y los nahuas, en especial por los mexicas.

En su obra, publicada en 1884, hay una clara identificación de aquellos pueblos con la nación mexicana, tal como ya habían adelantado Larráinzar y Álvarez. Agregó además el centralismo, al identificar claramente a México (la ciudad de Tenochtitlan) con México (la nación en la que él vivía).

La participación de Chavero en esta obra fue muy importante para su propia carrera como escritor e historiador, pues la mayor parte de su producción la realizó después. El aura de ser coautor del México a través de los siglos lo acompañó por el resto de su vida.

El segundo volumen lo realizó el propio Riva Palacio. Sin duda, había pocas personas tan capacitadas como él para llevar a cabo esa tarea. En buena medida, esto se debía a que, en 1861, el Archivo del Santo Oficio fue sacado del fondo documental de la Catedral de México y puesto a disposición de don Vicente para que publicara algunos documentos relativos a causas inquisitoriales durante la Colonia. Con esos documentos en su poder, escribió varias novelas de tema histórico como Los piratas del Golfo o El libro rojo que hizo con Manuel Payno. Tiempo después, por órdenes del Congreso, entregó esos documentos al Archivo General.

La historia colonial, desde la perspectiva del autor, debía considerarse más propia de la historia de España que de la de México, pero no olvidó señalar que fue en ese periodo en el que nació la población “mexicana” (que él no llama mestiza), mezcla de españoles y de indígenas. El tono de Riva Palacio no fue, como pudiera imaginarse de la pluma de un liberal, duro con la Colonia. Su objetivo era ser imparcial. En cambio, los siguientes tomos serían claramente partidistas.

El xalapeño Julio Zárate se encargó del volumen de la independencia de México. Estaba dispuesto a enmendar la plana a Lucas Alamán, el autor de la Historia de Méjico, la más importante obra sobre la independencia escrita hasta ese momento. Paradójicamente, su obsesión con corregir a Alamán lo condujo a que siguiera punto por punto el plan de obra del político e historiador conservador, y solo cambiaba los juicios de valor para ensalzar a los insurgentes.

El tomo IV lo empezó a elaborar el periodista liberal Juan de Dios Arias. Poeta, había sido diputado en el Congreso Constituyente de 1857. Su visión, como la de Riva Palacio, pretendía ser muy imparcial. Tal como había hecho don Vicente, consideraba que de la raza indígena y de la española había nacido un nuevo grupo, el “criollo” (en la actualidad le llamaríamos mestizo), protagonista de la vida independiente del país.

Lamentablemente, Arias murió en 1886, antes de concluir su encargo. Fue sustituido por Enrique de Olavarría y Ferrari, un español liberal que había llegado a México en la época del imperio de Maximiliano, pero que después se vinculó con los más destacados escritores liberales del país. Tal vez por eso, el volumen que escribió para México a través de los siglos fue muy partisano, decididamente crítico de todo lo que pareciera herencia española. Tal como hizo Julio Zárate, Olavarría siguió muy de cerca el trabajo de Lucas Alamán, para cambiar únicamente los juicios de valor.

El volumen comprendía la historia mexicana desde 1821 hasta el último gobierno de Antonio López de Santa Anna. Su objetivo era mostrar cómo se había construido el Estado mexicano, de ahí que se le pusiera especial énfasis a la política, a las constituciones y a la integración territorial. Los capítulos dedicados a la independencia de Texas y a la guerra con Estados Unidos son muy detallados, en contraste con lo que dedicó a la incorporación del Soconusco, que desde su punto de vista ocurrió por la voluntad de sus habitantes.

El interés en ponderar la construcción estatal también lo hizo resaltar el conflicto con los grupos privilegiados heredados del periodo colonial, en particular con la Iglesia.

El último volumen, dedicado a la época de la Reforma (desde 1855 a 1867), lo hizo José María Vigil, uno de los más destacados juristas de la época, quien había publicado ya varios periódicos, libros y folletos. Fue director del Archivo General bajo la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada, lo que le dio –como a Riva Palacio– un conocimiento sólido de las fuentes.

En este volumen se estudiaba un periodo relativamente breve, de poco más de una década, por lo que el autor pudo ser más detallado. Cabe recordar que el primer proyecto que se encomendó a Riva Palacio había sido, precisamente, un relato de este periodo. En el trabajo de Vigil se sentó la interpretación que ve en los conservadores a personajes sin patriotismo que solo defendían privilegios.

Ahora bien, lo que más le interesaba mostrar era el proceso de separación del Estado y la Iglesia. De paso, presentó la historia desde la reunión del Constituyente en 1856 como el de la definitiva construcción del Estado soberano, en los dos sentidos que se asignan a la cualidad de “soberanía”. México emergió como un Estado soberano porque pudo imponerse a los poderes internos que le disputaban facultades, pero también en el sentido exterior, al derrotar al poderoso imperio francés y sus aliados europeos.

Los últimos fascículos del tomo de Vigil aparecieron en 1889. Toda la obra la publicó en Barcelona Espasa, gracias a los buenos oficios del editor Santiago Ballescá, con quien había trabajado antes Riva Palacio.

México a través de los siglos se convirtió en “la verdad histórica” de los liberales en el poder. La recuperaron tanto los liberales puros como los moderados e incluso los positivistas. Su versión dejó de lado el punto de vista de los conservadores, pero también de los políticos a los que la generación de la Reforma quiso calificar como “conservadores” – aunque no lo fueran– como los monárquicos de la época de la guerra de la independencia o los liberales centralistas de las décadas de 1820 y 1830.

Como la obra no abordó los gobiernos posteriores al de Benito Juárez (en especial los de Porfirio Díaz), no fue mal vista por los revolucionarios que triunfaron en la década de 1910. La obra se siguió reimprimiendo, a veces en más volúmenes e incluso en una versión resumida, durante todo el siglo XX.