Otro de los mitos que se han construido alrededor de la Conquista es el que asegura que en México no existe el mestizaje. Mezcla quiere decir complejidad, así que dividir el mundo en vencedores y vencidos ignora la complejidad del inexorable avance del mestizaje en diversos ámbitos.
Tras la conquista, descendientes de las dinastías indígenas recibieron títulos y tierras por parte de la Corona española, como fue el caso de Isabel Tecuichpo o de Juana María Cortés Chimalpopoca.
Lo cierto es que solo los pueblos del altiplano lograron ser sometidos, mientras que los mayas en la península de Yucatán resistieron encarnizadamente durante décadas, y más aún las tribus del norte llamadas chichimecas y consideradas bárbaras, salvajes e indómitas que, aún bien entrado el siglo XVIII, siguieron dando dolores de cabeza a la Corona española.
La base de las alianzas de Cortés con los enemigos de los mexicas no era la superioridad militar, ni la pólvora o los caballos, sino el encono y el deseo de revancha de tlaxcaltecas, totonacas, cempoaltecas, otomíes, mixtecos, etcétera, quienes vieron en los españoles la posibilidad de deshacerse del yugo de la Triple Alianza.
Si bien los conquistadores no tenían la intención de exterminar a los pueblos originarios por cuestiones étnicas o raciales, el proceso de integración o sometimiento de los indígenas implicó servidumbre, explotación, condiciones de casi esclavitud, además de crueldades y abusos, como los referidos en el Códice Osuna del siglo XVI.
Uno de los mitos más absurdos pero que más fuerza han tomado gracias al culpígeno discurso anglosajón de reciente importación es que los españoles eran blancos y racistas, como si se tratara de los mismísimos pilgrims del Mayflower.
El concepto de amor romántico es invento del siglo XIX; anteriormente no existía. En el mundo prehispánico, las mujeres eran utilizadas para sellar alianzas y generar vínculos matrimoniales y por lo tanto dinásticos. En el hispánico, el matrimonio era también un mecanismo de preservación de un linaje y un apellido, así como seguro y protección de la honra de una estirpe.
Otro de los mitos más populares fijados con tinta indeleble en el imaginario popular de los mexicanos es el de que Malintzin –mal llamada Malinche– era una maldita traidora, renegada de la Patria que “nos vendió a los españoles”, pues ayudó a los invasores extranjeros a perpetrar la devastación del glorioso imperio mexica.
La mayor parte de los países, y México no es la excepción, heredan tradiciones de una historia nacional que, generalmente, termina por exaltar la obra de grandes personajes buenos en combate con grandes personajes malos. Esto da pie a la construcción de una verdad histórica inobjetable que omite enfocar épocas, contextos, intenciones y procesos sociales, y en cuyo resultado, dañino, se termina por recurrir al fácil expediente de la maldad ajena.