Mujeres, hombres, niñas y niños han sido esclavizados a lo largo de la historia de la humanidad. Desde las primeras civilizaciones hasta nuestros días, la esclavitud ha permanecido como una forma de explotación económica y humana, donde la persona esclavizada pierde su libertad y pasa a ser considerada por sus esclavizadores como un objeto-mercancía.
Una particularidad del esclavizado es ser un humano sometido y forzado a perder su libertad, extraído de su lugar de origen para ser vendido y depender de la voluntad de otra persona; normalmente carecen de personalidad jurídica y sus derechos son mínimos. Las formas más frecuentes por las cuales una persona adquiere esa condición son la captura o robo, la obtención de individuos a través de la guerra, la compra, las deudas y nacer de una madre esclavizada.
Las justificaciones ideológicas para esclavizar a las personas han cambiado a lo largo del tiempo. Una muy común es la atribución de barbarie; es decir, se considera que son individuos ajenos a los valores, costumbres y tradiciones del esclavizador. Por lo tanto, se atribuye inferioridad, así como mayores cualidades físicas como la fuerza, pero menor capacidad racional. Los rasgos físicos o el color de piel no son los únicos determinantes para esclavizar a las personas, pues la esclavitud a lo largo de la historia ha sido multiétnica.
Las leyes que han regido la esclavitud fueron transformadas y han dependido de cada sociedad; mientras que en algunas los esclavizados podían tener mayores derechos como acceder a la justicia, en otras eran privados y castigados cruelmente. En algunas civilizaciones podían recobrar su libertad a partir de diferentes mecanismos a los que se les denominó manumisión; por ejemplo, cuando era otorgada por el propietario, o por la compra por el mismo esclavizado. Otros mecanismos fueron las fugas y las revueltas.
En algunas sociedades, el esclavizado se convirtió en la principal fuerza de trabajo; en otras, representaron una porción mínima y convivían con trabajadores libres y asalariados. Se ha considerado que existieron sociedades esclavistas donde la fuerza de trabajo y la economía dependían totalmente de los esclavizados; también aquellas con esclavos donde había una fuerza de trabajo diversificada. Los esclavizados y esclavizadas se desempeñaron en diversas ocupaciones, como en la construcción de grandes ciudades, obras públicas y labores domésticas; en minas, obrajes, ingenios azucareros, e incluso como marineros en barcos, soldados y en trabajos especializados.
La esclavitud en el mundo antiguo
Desde que se tiene registro, las civilizaciones antiguas mantuvieron la esclavitud como una práctica para la explotación de personas en los medios de producción mercantil e industrial. Los grandes imperios emplearon esclavizados para construir las maravillas arquitectónicas que hoy conocemos, como las pirámides de Egipto o el gran Coliseo romano. La dominación del hombre por el hombre estuvo presente desde las más antiguas sociedades: Mesopotamia, China, Egipto, Grecia, Roma y el Imperio Otomano.
Las ocupaciones que desempeñaron son variadas y cambian según la sociedad. Se conoce que en la antigua Grecia eran utilizados para abastecer los productos que se comerciaban con otras ciudades a través del mar Mediterráneo. En el Imperio Romano, los esclavizados alcanzaron un nivel máximo; se ha especulado que entre dos o tres millones de personas tenían esta condición jurídica, y la mayoría fueron capturados a partir de las conquistas de diferentes regiones.
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