La historia de un cementerio muy vivo: el Panteón de Dolores de Ciudad de México
Con 138 años de existencia, es un espacio de gran tradición en el que el pasado sigue vivo a través de su historia, las anécdotas, sus interiores, monumentos y el recuerdo de las ilustres personas a cuyos restos da cobijo.
Muchos de los grabados más populares de Posada se conocen incompletos, ya que nunca se les presenta con el texto que los acompañaba, lo que ha ocasionado, con frecuencia, una distorsión de los títulos de las obras. Por ejemplo, José Guadalupe Posada jamás realizó ninguna calavera que llevase por nombre “La Catrina”. El nombre real de este famoso grabado era “Garbancera" y su significado se puede decir que, incluso, era lo contrario a una mujer elegante.
La muerte del caballerito Ahumada, el niño que a los dos años ya era Capitán de Infantería del Real Palacio
La representación plástica de los pequeños difuntos es un tema de gran sensibilidad. Permite conocer una serie de manifestaciones culturales y artísticas sobre cómo la sociedad trata de perpetuar un último recuerdo de los niños. Un ejemplo de ello es este interesante relato en el que se describen algunos detalles de la muerte infantil en la época novohispana.
El pan de muerto es uno de los elementos más importantes de la ofrenda del Día de Muertos. A continuación, les compartimos una receta tradicional para que deleiten a su familia todo el mes de noviembre con este rico alimento de vivos y muertos.
Ofrendar es estar cerca de nuestros muertos para dialogar con su recuerdo, con su vida. La ofrenda es el reencuentro con un ritual que convoca a la memoria.
En México cada celebración tiene su magia y también su comida especial, tal es el caso del Día de Muertos, fecha única en la que nos deleitamos con el ya tradicional pan de muerto.
El fuerte aroma del cempasúchil, según la tradición mexicana, guía a los muertos de regreso a sus casas para compartir con sus familiares, como cada año, el pan, la sal y la luz que necesitan para continuar su camino.
En el “Libro XII” del Códice Florentino sobresalen los presagios de la derrota mexica y un posible precedente de la figura que después sería conocida como la Llorona.
El siglo XIX representó un periodo en el cual el imperialismo y la lucha por la expansión territorial desataron guerras entre naciones. Padres, hijos y hermanos tuvieron que dejar los núcleos familiares y jamás volvieron. Pero antes de partir intercambiaban sus tesoros más preciados, como los mechones del cabello. Para el sociólogo Norbert Elias, con estos objetos “el cuerpo siguió estando presente en el recuerdo de las intimidades”.