El aire mexicano de Benjamin Péret

El poeta surrealista más profundo y solitario

Ricardo Lugo Viñas

La estadía de Péret en México tuvo momentos de dicha, pero también de incomodidad, como cuando Diego Rivera lo obligó a bailar zapateado en la pulquería La Rosita. También experimentó un momento difícil tras el rompimiento entre los artistas mexicanos con varios de los considerados surrealistas, sobre todo amigos de Trotsky.

 

México, una isla desierta

Benjamin Péret –que según su amigo Bartolomé Costa-Amic tenía un notable parecido físico con el cura Hidalgo: calvo y elegante– arribó al país en diciembre de 1941 vía el puerto de Veracruz, en compañía con su pareja sentimental, la pintora catalana Remedios Varo a la que le había declarado su amor en el poema “¡Hola!”, publicado en su libro Je sublime en 1936. Al igual que muchos artistas europeos, venían huyendo de la guerra y, debido a su filiación de izquierda y a su pasado, México era uno de los poquísimos destinos posibles, amén de la fascinación que nuestro país había despertado en el movimiento surrealista.

La rezagada pareja Péret-Varo permaneció más de la cuenta en Marsella en espera de un visado y recursos económicos suficientes para emprender el viaje trasatlántico. Durante casi un año, convivieron en el famoso Castillo Air Bel con Breton y su familia, Victor Serge y su hijo Vlady, la familia del pintor cubano Wifredo Lam, Marcel Duchamp, André Masson, Max Ernst, Peggy Guggenheim, entre otros; todos ellos a la espera de resolver el viaje rumbo a América en calidad de refugiados.

Justo sería Peggy Guggenheim quien becaría a Péret, “por ser muy surrealista”, para que finalmente pudiera emprender el viaje a México. Así, Benjamin y Varo se embarcaron en el Serpa Pinto y luego de hacer escala en Casablanca y Cuba, llegaron al que sería su nuevo hogar: México.

Hay que decir que la estancia en México de Péret fue un tanto amarga. Su reticencia, y hasta cierto punto intransigencia, le impidió adaptarse a nuestro país. Durante su permanencia siempre tuvo la cabeza puesta en Europa, particularmente en Francia. Ni siquiera el clima le agradaba. Sin embargo, fue en México donde quizás tuvo su época de mayor producción literaria. Se interesó más por los antiguos mexicanos, mediante el estudio del pasado prehispánico, que por aquellos que fueron sus contemporáneos.

“Estoy casi tan aislado como en una isla en medio del Atlántico”, solía confesarles a sus amigos europeos con los que mantenía una intensa correspondencia. Dentro de sus pocos amigos en México destaca Manuel Fernández Grandizo, alias Munis, originario de Torreón, Coahuila, de padres españoles, educado en España; a ambos los unía la participación en la Guerra Civil Española del lado republicano y su filiación con el trotskismo.

Los días de la calle Gabino Barreda

Péret se instaló, junto con Varo, en una modesta casa en el número 18 de la calle Gabino Barreda, en la colonia San Rafael, Ciudad de México. Ahí se reunían periódicamente otros artistas europeos como Chiki Weitz, Wolfgang Paalen, Alice Rahon, Gunther Gerzso y, sobre todo, Leonora Carrington, que llegó a México en 1952 y que se convirtió en íntima amiga de la pareja, con la que solía cocinar un falso caviar, a base de tapioca y tinta de calamar.

Por esos días Péret escribió su cuento “El deshielo”, considerado una joya del surrealismo, que provienen de una experiencia vivida en su casa de Gabino Barreda. Resulta que la casa colindaba con un terreno baldío en el que personal de un hospital cercano solía tirar “basura”. En cierta ocasión, Péret alcanzó a ver, entre los escombros de aquel basurero, “una mano humana saliendo de un envoltorio de papel periódico”. Asombrado, corrió hasta su casa para anunciarle a Remedios que “el surrealismo vivía en México” y se sentó a escribir. Continuará…

 

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