Voces. Cuchicheos. Rumores. Así inició la leyenda en el seno del medio actoral mexicano de la década de 1930. Se corría la voz de que un extraño japonés impartía clases en un galerón del tercer piso del Palacio de Bellas Artes. Los incrédulos asistían para comprobarlo. Forrado en un oscuro traje, cojo de una pierna, lento y puntual. Detrás los negros anteojos de pasta, unos ojos rasgados y un rostro bilioso, proclive a la explosión. Mordisqueaba un pipa eternamente humeante.