Las alcabalas eran un impuesto al tráfico de mercancías dentro del país, lo que impedía el libre flujo comercial. Desde tiempos del Virreinato fueron cuestionadas por su carácter “regresivo”. Por lo onerosas que resultaban y el impacto en el aumento del costo de las mercancías, fueron ampliamente rechazadas por los comerciantes y la población, pero muy favorecidas por los gobiernos hasta el siglo XX, debido a los importantes ingresos que generaban.
Desde la Independencia, una constante ha sido el fracaso para establecer una política fiscal, progresiva y eficiente. Como consecuencia, el gobierno ha transitado de una gran debilidad federalista a un fuerte centralismo político, pero sin atacar la histórica fragilidad fiscal, que se expresa como insuficiencia presupuestal y gastos crecientes. La apuesta siempre ha sido por la fortaleza política del Estado, no de sus finanzas, y por lo tanto de sus servicios.
Durante el periodo virreinal, los amoríos entre los amos y sus esclavas eran habituales, ya fuera de manera consentida o violenta que regularmente se callaban por temor al “qué dirán”.
A lo más granado de la sociedad novohispana sorprendió que don Francisco Fernández de la Cueva, connotado virrey de la Nueva España, solicitara su presencia en el funeral de su esclava, para cuyo entierro no escatimó privilegios.
El virrey Francisco Fernández de la Cueva era un descendiente de la más alta jerarquía española. Durante su gobierno patrocinó algunas remodelaciones al Palacio Virreinal y embelleció y mejoró partes de Ciudad de México con dinero de su propio bolsillo.
La mayoría de los asiáticos avecindados en Nueva España trabajaban como esclavos de los hacendados españoles. Con el paso de los años, los pobladores libres formaron pequeños caseríos. Algunos chinos libres se avencidaron en las repúblicas de indios, donde se casaron con indígenas y mulatas e incluso alcanzaron cargos importantes. En Huitzuco, en el norte del actual Guerrero, un indio filipino se desempeñaba como gobernador a fines del siglo XVII.
Los indios filipinos llegaron para sustituir a la mano de obra indígena –mermada por las pandemias– y con el tiempo empezaron a formar sus propias comunidades en las tierras de la región. La industria cocotera novohispana no puede entenderse sin los pobladores que llegaron de Asia, quienes expandieron el cultivo de esta especie en las costas del Pacífico.
Los llamados indios chinos llegaron a la Nueva España provenientes, principalmente, de Filipinas, y se dispersaron por el puerto de Acapulco y sus alrededores.
En el siglo XIX, tanto en países europeos como en México, en tiempos de guerra se consideraron legítimos ciertos matrimonios que eludían la solemnidad del acto; en especial cuando se trataba de hombres de armas pertenecientes a alguno de los bandos en pugna.
En el Concilio de Trento, organizado a mediados del siglo XVI, la Iglesia católica estableció las características que el ritual del matrimonio debía cumplir para considerarse válido. Con ello, quedaban fuera los enlaces acordados por los contrayentes de manera clandestina o secreta.
Las matrimonios secretos carecían de la solemnidad propia del sacramento y eludían el requisito de las amonestaciones, que anunciaban el enlace con anticipación.