• jueves, 15 de noviembre de 2018.

Leona Vicario II

Por: Celia del Palacio Montiel

El entonces joven bachiller en artes y cánones Andrés Quintana Roo llegó en 1809 al bufet de don Agustín Pomposo, en calidad de pasante a fin de completar los requisitos para conseguir su título de licenciado, cosa que ocurriría en 1811. En el tiempo que permaneció el yucateco al servicio del licenciado Fernández de San Salvador tuvo oportunidad de tratar a Leona, y del frecuente trato nació el amor.

Leona rompió el compromiso matrimonial con Octaviano Obregón, quien para entonces era diputado a las cortes en Cádiz, dispuesta a contraer nupcias con Quintana Roo. Sin embargo, don Agustín habría de negar terminantemente la mano de su sobrina a su discípulo, sospechando que se hallaba involucrado en las conspiraciones a favor de la insurgencia. De hecho, a fines de 1810, Quintana Roo pasó dos meses en la cárcel, al imputársele el delito de guardar cartas del capitán Ignacio Allende.

Terminado el plazo de la pasantía en el bufete de don Agustín, con quien la relación se había enfriado tras la negativa de tener la mano de Leona, vigilado de cerca por la Junta de Seguridad de la Inquisición, Andrés Quintana Roo salió por aquel entonces de la ciudad de México dirigiéndose a Tlalpujahua.

Para entonces, Leona ya había establecido correspondencia con los jefes insurgentes, en particular con López Rayón. Les remitía impresos a favor de la causa, así como noticias de las disposiciones realistas a fin de que los insurgentes pudieran prevenirse, todo esto a través de un sistema de claves que ella misma inventó. También usó nombres cifrados que tomó de sus libros favoritos, pero en especial de Telémaco, hijo de Ulises, de Fenelón y de las Églogas de Garcilaso; así los “Nemorosos”, los “Mayos”, los “Delindor” eran los destinatarios de las misivas de aliento.

Leona efectuó varios servicios a favor de los insurgentes como mandar reparar los relojes de los combatientes; enviar diversos artículos necesarios como frasquitos de té y medicamentos; vender muchas de sus pertenencias (sus joyas, sus cucharas de plata, sus rosarios…) para ayudar a la causa. Prometió mantener a las familias de los armeros vascos más prestigiados de México si se iban a fabricar armas a Tlalpujahua y financió los viajes de aquellos que quisieron unirse a la rebelión.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Leona Vicario” de la autora Celia del Palacio Montiel y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 32.

 

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