• miércoles, 22 de mayo de 2019.

La invención de la Patria

Historiadores trabajando
Por: Alfredo Ávila Rueda

Al comenzar la década de 1880, el ex presidente de Estados Unidos Ulysses Grant echó a andar la ambiciosa empresa de construir un ferrocarril de México a Soconusco (en Chiapas), con lo que sería fácil exportar los productos de las plantaciones de esta región. Un socio de Grant era un importante propietario cafetalero: el mexicano Matías Romero, quien fuera cercano colaborador de Benito Juárez y que tenía ya una destacada carrera política.

No obstante, había un problema político que debía enfrentar ese proyecto. Soconusco tenía cuatro décadas de formar parte de la República Mexicana, luego de que el presidente Antonio López de Santa Anna ordenara la ocupación militar de esa provincia y promoviera “consultas” para unirla a Chiapas. Las autoridades de Guatemala no aceptaron que ese territorio se incorporara a México, aunque no pudieron hacer nada, dada la superioridad de sus vecinos del norte. Algunos propietarios guatemaltecos poseían fincas en Soconusco y acusaban a ciertos terratenientes mexicanos de introducirse en el departamento de San Marcos, Guatemala. Como no había una frontera definida entre ambas naciones, esto era posible.

Antes de empezar la construcción del ferrocarril, Romero debía solucionar esos problemas y dejar en claro hasta dónde llegaba la nación mexicana. Para colmo, el presidente de Guatemala, Justo Rufino Barrios, solicitó que el gobierno de Estados Unidos sirviera como mediador en la solución del conflicto, por lo que las negociaciones se llevaron a cabo en Washington.

Para los políticos estadunidenses resultaba muy importante intervenir en ese conflicto entre dos países latinoamericanos, para evitar una guerra y ratificar su presencia como potencia continental. El secretario de Estado, James Blaine, escuchó los argumentos de mexicanos y guatemaltecos, aunque debido a la política interna de su país tuvo que abandonar su cargo y, por lo tanto, ya no intervino en las negociaciones finales entre Romero y Barrios, quienes firmaron un tratado de límites en 1882.

Antes de abandonar las negociaciones, Blaine escuchó argumentos de todo tipo: desde consideraciones geográficas hasta quejas por altercados en la región y manifestación de los intereses económicos de las partes involucradas. Sin embargo, se mostró muy asombrado de que los mexicanos no le dieran demasiada importancia a esos argumentos, y en cambio presentaban enormes y farragosos escritos, de docenas de hojas manuscritas, en los que contaban la historia de Soconusco. Para Blaine y en general para los políticos estadunidenses resultaba muy extraño que se usaran argumentos de historiadores para una negociación fronteriza.

Imaginemos a los funcionarios del Departamento de Estado norteamericano que debían resumir a Blaine los argumentos mexicanos: cómo a finales del siglo XIV los aztecas conquistaron Soconusco, la convirtieron en una provincia de su imperio y establecieron guarniciones militares; cómo la zona fue ocupada en el siglo XVI por españoles e indígenas nahuas provenientes del centro de México e incorporada a la intendencia de Chiapas a finales del siglo XVIII. Con todos estos argumentos, desde el punto de vista mexicano, no había duda: Soconusco era parte de su nación, y lo había sido al menos desde hacía cinco siglos.

El relato mexicano no mencionaba, o subestimaba, que antes de la presencia mexica en Soconusco hubo mayas y muchos otros pueblos, que durante la mayor parte de la época colonial ese territorio estuvo bajo la jurisdicción de Guatemala y que la intendencia de Chiapas formó parte de la capitanía general guatemalteca. La Constitución de Cádiz de 1812 la incorporó a la diputación provincial de Guatemala y se mantuvo así hasta la caída del imperio de Agustín de Iturbide en 1823. En suma, que los procesos históricos precolombinos y coloniales, vistos en su conjunto, como podemos hacer los historiadores del siglo XXI, no ayudan a definir por qué Soconusco forma parte de México.

En realidad, esa región es mexicana porque fue ocupada por tropas mexicanas, porque se negoció con sus grupos políticos y porque, finalmente, se alcanzó un acuerdo fronterizo con Guatemala; pero también porque algunos historiadores escribieron el relato de la mexicanidad de Soconusco, tal como lo presenté antes. Entre ellos se encontraba José María Lafragua, uno de los más destacados coleccionistas de documentos e impresos históricos en México, quien ya en 1873 había recurrido a la historia para justificar que Soconusco formaba parte de la nación. Antes que él, el historiador coleto Manuel Larráinzar publicó una Noticia histórica de Soconusco y su incorporación a la República Mexicana, en 1843, sólo un año después del decreto de Santa Anna que incorporaba esa región a Chiapas. En casi doscientas páginas “demostraba” la mexicanidad de ese territorio, desde la época del imperio mexica.

 

¿La patria mexicana existe desde tiempos remotos?

El caso de la delimitación fronteriza de México con Guatemala es sólo una muestra de cómo los historiadores contribuyeron a la construcción de la nación y de la patria. Al mismo tiempo que Matías Romero negociaba con Justo Rufino Barrios y entregaba legajos a los estadunidenses con la historia antigua del Soconusco, se publicaban los cinco gruesos tomos de una obra fundamental para la construcción de la nación: México a través de los siglos.

 

Una sola patria

Durante el Porfiriato empezaron a publicarse historias generales de los estados que componían la federación mexicana, pero siempre se procuró subrayar los elementos que cada uno de ellos aportaba a la historia patria, para evitar que se viera la diversidad de historias que han formado a nuestro país. Por ello, José María Vigil, el autor del tomo quinto del México a través de los siglos, insistía en la “necesidad y conveniencia de estudiar la historia patria” por encima de otras historias.

 

Esta publicación es sólo un resumen del artículo “La invención de la Patria”, del autor Alfredo Ávila Rueda, que se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 97.