Los santos vengadores

Primera parte

Antonio Rubial García

En el siglo IV, los obispos dirigentes de una de las versiones cristianas se aliaron con el emperador Constantino y aceptaron el poder y la violencia como un medio de santificación. Para ello fue necesario retomar las ideas de un Dios terrible, vengador y justiciero que campean en el Antiguo Testamento y en el Libro de la Revelación o Apocalipsis.

 

Un Dios justiciero y lejano

Desde el siglo V, la lejanía de un Dios justiciero había forjado la necesidad de multiplicar la presencia de santos intercesores, además de la Virgen María, considerada la más eficaz de todos. Su principal función era aplacar la ira divina y evitar los merecidos castigos ocasionados por los pecados de las personas, pues el cielo se había convertido en una corte y el Dios emperador se volvió una figura inaccesible. Además de su actividad intercesora para hacer el bien y solucionar las necesidades de la humanidad, pronto se consideró que algunos de esos santos tenían en sus manos, por delegación divina, el privilegio de administrar justicia y castigar. Con esos rasgos propios de los dioses antiguos, los santos se mostraron como seres capaces de crear o destruir, ante lo cual las personas eran impotentes.

Las narraciones sobre estos santos vengadores fueron muy comunes desde el siglo IX, época muy propicia para ejercer su actividad justiciera debido al ambiente de inseguridad, violencia, abusos e invasiones. A menudo en narraciones monásticas aparecía el abad y fundador San Benito (muerto en el siglo VI) causando terribles daños a aquellos que saqueaban sus monasterios. En una de ellas se menciona cómo el santo se apareció una noche al señor de Sully (en Francia), quien despojaba de las tierras a uno de sus monasterios, y lo golpeó con su bastón hasta dejarlo muerto.

De Santa Fe, una joven mártir romana del siglo III cuyos restos se veneraban en la abadía francesa de Conques, se decía que hizo justicia matando a varios nobles, incluida una dama, que no solo se habían apoderado de tierras, sino también del vino y de los campesinos de su monasterio.

Estos relatos iban dirigidos a suscitar temor y disuadir a los seglares de apropiarse de los bienes de los monjes, aparte de que coincidieron con la aparición de los juramentos de paz como un medio para impedir los abusos de los señores feudales. Existía incluso un ritual llamado “la humillación de las reliquias”, que consistía en exponer los cadáveres de los santos a una situación degradante para obligarlos a reaccionar en defensa de su honra y reputación, y con ello desencadenar su poder contra los enemigos de la Iglesia. En un mundo fragmentado como el feudal, los santos podían administrar justicia de manera autónoma por delegación de un Dios-emperador lejano.

Testigos del castigo divino

Sin embargo, con el paso del tiempo, la violencia contra los monasterios se fue mitigando y, a partir de mediados del siglo X, la Iglesia católica adquirió una preeminencia como nunca había tenido, junto a unas monarquías cada vez más consolidadas. Algunos factores que incidieron en este proceso fueron: el papel central que tuvieron los eclesiásticos en el apoyo a esas monarquías; la fuerte presencia que sus miembros comenzaron a tomar en las renacientes ciudades; el surgimiento de órdenes nuevas (Cluny y el Cister, ambas en Francia, así como los mendicantes), y la consolidación de un papado cada vez más centralizador.

A estos cambios correspondió que los santos justicieros y vengadores del violento mundo feudal tomaran el papel de meros testigos del castigo que Dios enviaba a los pecadores; es decir, solo estaban ahí para mostrar la manera en que se llevaba a cabo una justicia divina centralizadora. A pesar de ello, continuaba la función básica de tales narraciones: ser lecciones morales que con la violencia pretendían forzar a la gente a practicar las virtudes y evitar los vicios.

Este paso de una concepción a otra no fue inmediato sino paulatino, como lo muestra el caso narrado, a principios del siglo XIII, por el clérigo poeta riojano Gonzalo de Berceo en sus Milagros de Nuestra Señora. Se trata de una versión del prodigio de la casulla asesina que, donada por la Virgen a San Ildefonso en el siglo VII, había sido usada sacrílegamente por un obispo, lo que le causó la muerte. El prodigio es descrito así: “Aunque amplia era la santa vestidura/ le resultó a Siagrio angosta sin mesura/ le aprisionó la garganta como cadena dura/ fue luego ahogado por la su gran locura”. La muerte del obispo se justificaba como un castigo por su soberbia y una manera en que la Virgen “honró” la memoria de su siervo, el patriarca visigodo San Ildefonso. En esta narración, la Virgen no se mostraba como testigo del atroz tormento, sino como su autora.

 

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Antonio Rubial García. Doctor en Historia de México por la UNAM y en Filosofía y Letras por la Universidad de Sevilla (España). Se ha especializado en historia social y cultural de la Nueva España (siglos XVI y XVII), así como en cultura en la Edad Media. Entre sus publicaciones destacan: La Justicia de Dios. La violencia física y simbólica de los santos en la historia del cristianismo (Ediciones de Educación y Cultura/Trama Editorial, 2011); El paraíso de los elegidos. Una lectura de la historia cultural de Nueva España (1521-1804) (FCE/UNAM, 2010); Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida cotidiana en la época de sor Juana (Taurus, 2005); La santidad controvertida (FCE/UNAM, 1999); y La plaza, el palacio y el convento. La Ciudad de México en el siglo XVII (Conaculta, 1998).

 

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