• 9-ago-2020.

La rendición del gran jefe apache Gerónimo

Esa fue la última batalla que peleé contra los mexicanos. Las tropas de los Estados Unidos nos siguieron continuamente desde este momento hasta que se hizo el tratado [en 1886] con el general [Nelson A.] Miles en Skeleton Canyon.

 

Justo al amanecer, nos despertaron nuestros exploradores y nos notificaron que se acercaban tropas mexicanas. A los cinco minutos, los mexicanos comenzaron a dispararnos. Nos parapetamos en las zanjas hechas por la corriente, y las mujeres y los niños se encargaron de cavarlas más profundo. Di órdenes estrictas de no desperdiciar municiones y mantenerse a cubierto. Ese día matamos a muchos mexicanos y también perdimos muchos hombres, porque la pelea duró todo el día. Con frecuencia, las tropas cargaban en un punto y eran rechazadas. Luego se unían y cargaban en otro punto.

Alrededor del mediodía escuchamos que gritaban mi nombre con maldiciones. Por la tarde, el general entró al campo y la lucha se volvió más feroz. Di órdenes a mis guerreros de que trataran de matar a todos los oficiales mexicanos. Hacia las tres de la tarde, el general llamó a todos sus oficiales a reunirse en el costado derecho del campo. El lugar donde se reunieron no estaba muy lejos de la corriente principal, y una pequeña zanja corría cerca de donde estaban los oficiales. Con cautela, me arrastré por esa zanja hasta muy cerca de donde se celebraba el consejo. El general era un viejo guerrero. El viento soplaba en mi dirección, de modo que podía escuchar todo lo que decía, y entendí la mayor parte. Esto es lo que les dijo:

“Oficiales, allá en esas zanjas está el diablo rojo Gerónimo y su odiada banda. Este debe ser su último día. Caigan sobre él desde ambos lados de las zanjas; maten hombres, mujeres y niños. No tomen prisioneros; queremos indios muertos. No perdonen la vida ni a sus propios hombres; hay que exterminar a esta banda a toda costa; ordenaré a los heridos que disparen a todos los desertores. Regresen a sus compañías y avancen.”

Justo cuando daba la orden de avanzar, apunté directamente al general y este cayó. En un instante, el suelo a mi alrededor fue acribillado a balazos, pero no me tocaron. Los apaches veían la escena y a lo largo de las zanjas surgió el feroz grito de guerra de mi pueblo. Las columnas se tambalearon por un instante y luego arrasaron con ellos; no se retrajeron hasta que nuestro fuego destruyó las primeras filas.

Después de esto, su lucha ya no era tan feroz; sin embargo, continuaron reuniéndose y avanzando hasta el anochecer. Y seguían gritando mi nombre con amenazas y maldiciones. Esa noche, antes de que cesaran los disparos, una docena de indios salió de las zanjas y prendió fuego a la larga pradera que estaba detrás de las tropas mexicanas. En medio de la confusión que siguió, escapamos a las montañas.

Esa fue la última batalla que peleé contra los mexicanos. Las tropas de los Estados Unidos nos siguieron continuamente desde este momento hasta que se hizo el tratado [en 1886] con el general [Nelson A.] Miles en Skeleton Canyon.

Durante mis muchas guerras con los mexicanos, recibí ocho heridas [enlista solo siete]: recibí un disparo en la pierna derecha por encima de la rodilla, y aún traigo la bala; un balazo que me atravesó el antebrazo izquierdo; fui herido en la pierna derecha debajo de la rodilla con un sable; también fui herido en la cabeza con la culata de un mosquete; recibí un balazo justo debajo de la esquina externa del ojo izquierdo; un disparo en el costado izquierdo y otro en la espalda. He matado a muchos mexicanos. No sé cuántos porque con frecuencia no los contaba. Algunos no valía la pena ni contarlos.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero aún detesto a los mexicanos. Conmigo siempre fueron traicioneros y maliciosos. Ahora soy viejo y nunca más volveré al sendero de la guerra, pero si fuera joven y regresara a él, este me conduciría hacia el Viejo México.

 

Este artículo está conformado por fragmentos del libro Geronimo’s Story of His Life, editado por S. M. Barrett y publicado en 1906, en Nueva York, por Duffield & Company. En línea: https://bit.ly/3d7lZ2b.

 

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