• 26-sep-2021.

Historias del virreinato: el amor de un fraile por su patria

Óscar Mazín

Antonio de Monroy e Híjar (1634-1715)

 

La movilidad interoceánica en la Monarquía hispánica no fue excepcional, la fraguaron el trasiego e intercambio de gente, escritos y objetos. No obstante, la circulación en el sentido poniente-oriente acaso tuvo un carácter más raro por su exotismo e interés. A este respecto pretendo esbozar la figura del dominico fray Antonio de Monroy e Híjar, quien llegó a ser no solamente maestro general de la Orden de Santo Domingo en Roma, sino arzobispo de la importante sede apostólica de Santiago de Compostela, el más relevante destino de peregrinación de Europa occidental.

Fray Antonio de Monroy fue vástago de un tronco familiar de hasta cuatro generaciones plenamente asentadas en las Indias occidentales. Su línea paterna entroncaba con el mismo Hernán Cortés y la materna con Juan Fernández de Híjar, un conquistador de la Nueva Galicia de origen aragonés. En Nueva España la circulación de hombres, ganados, armas y mercancías por el Camino Real de Tierra Adentro, también llamado “de la Plata”, hizo de Santiago de Querétaro un sitio obligado de paso. La vecindad ahí de los tíos abuelos paternos y maternos de Monroy consta al menos desde los primeros años de ese siglo. Sus padres también contrajeron matrimonio en ese pueblo en 1631. Él mismo nació en Querétaro el 6 de julio de 1634.

Nuestro protagonista emprendió sus estudios formales en Ciudad de México cuando rayaba la edad de once años. Su familia era gente de renombre, pero endeudada y desprovista de caudales de monta. No obstante, para la década de 1660 los ingresos familiares parecen haber mejorado, pues su padre, también llamado Antonio, pudo costear la edificación de una celda para sus hijas monjas en el convento de Santa Clara de Querétaro.

A los buenos oficios de don Antonio para con el conde de Salvatierra se debió el nombramiento que este virrey hizo al muchacho, el 18 de febrero de 1645, como alumno en el Real Colegio de Cristo de México, donde estudió gramática y latinidad. En 1650 Antonio se graduó de bachiller en filosofía, aunque se sabe que también cursó derecho canónico y teología. En un acto público defendió con pericia diversos postulados de teología moral el 7 de julio de 1653.

A ese acto asistieron algunos religiosos del convento de Santo Domingo de México a quienes llamó poderosamente la atención la destreza del joven, quien la víspera había cumplido diecinueve años. Es muy probable que ya antes hubiera entrado en relación con esos frailes, quienes le invitaron a tomar el hábito de Santo Domingo. Lo tomó de hecho el 26 de julio, es decir, dos semanas después de aquel acto académico.

La orden de Predicadores gozaba de gran prestigio: fieles a su vocación original por el debate teológico, así como por la tradición de búsqueda de la armonía entre fe y razón, tanto en la península como en las Indias los frailes dominicos habían contribuido de manera sustancial a establecer nada menos que las condiciones de legitimidad del dominio de la Corona de España sobre el Nuevo Mundo, a moderar los abusos contra los indios y a discutir acerca de la licitud de la guerra.

Un año después de tomar el hábito, es decir, en 1654, Antonio profesó en el Convento Imperial de Santo Domingo de México. Consecuente con la vocación religiosa del joven fraile por medio del estudio, en mayo de 1655 fray Luis de Cifuentes, a la sazón provincial, destinó a Antonio a ingresar como estudiante en el Colegio de Porta Coeli, ubicado a un costado de la Real Universidad. Al cabo de un año fue designado consiliario o consejero del rector. También le fue confiada en dicho colegio la lectura del curso de filosofía natural, lo cual le sirvió de incentivo para prepararse y participar en un concurso de oposición para el magisterio de estudiantes.

Fueron meses de trabajo arduo, ya que al mismo tiempo se dispuso para ordenarse de sacerdote. El arzobispo de origen gallego (Pontevedra) don Mateo Sagade Bugueiro, por entonces recién llegado a México, debió conocer bien a Antonio. Este defendió diversas cuestiones y materias, presumiblemente filosóficas, en un ‘acto literario’ dedicado a dicho prelado, quien finalmente lo ordenó el 23 de septiembre de 1656.

Pronto se puso de manifiesto que sus dotes no solo eran docentes, sino también administrativas y pastorales. En febrero de 1659 el provincial de los dominicos de Santiago de México designó a fray Antonio como su secretario y notario apostólico. Por espacio de seis años, entre 1660 y 1666, combinó la docencia con la escritura sin dejar de participar en actividades del gobierno de su orden: leyó en sustitución las cátedras de prima y vísperas de teología de la universidad, escribió alternativamente sobre teología escolástica, moral y positiva; también se desempeñó como profesor de teología en el convento de Santo Domingo de México. Por esta causa su Provincia de dominicos le encomendaba presidir los actos literarios que tenían lugar en ocasión de los capítulos de la orden. Desafortunadamente no se conoce ninguna de esas obras.

 

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Del amor de un fraile dominico por su patria