El cristianismo primitivo conmemoraba en esa fecha la natividad de Cristo y con ella se pretendió sustituir una fiesta egipcia: el nacimiento del dios Aión, hijo de una virgen. Esta fiesta se hacía para bendecir los dones del Nilo, cuyas aguas se tornaban del color del vino en estas fechas. De hecho, en las iglesias orientales, cada 6 de enero se celebró el nacimiento de Cristo durante mucho tiempo; también era el día en que se bautizaba a los catecúmenos. Después que Constantino reconoció a las iglesias helenísticas (312-313), el nacimiento de Jesús se celebró el 25 de diciembre (una fiesta dedicada a Mitra) y el 6 de enero quedó como el día de la adoración de los magos.