• 23-ene-2022.

Serenatas, damas y galanes en el siglo XVI

Enrique González González

¿Cuándo empezó esa costumbre? Es difícil de precisar. Lo evidente es que emigró de la península ibérica a Nueva España, donde a mediados del siglo XVI la costumbre de “dar una música” se había arraigado entre la población de origen europeo. Con el paso de los siglos, el ritual se popularizó y alcanzó a todas las clases sociales. En la actualidad, con los cambios de paradigma en las relaciones entre hombres y mujeres, ha venido a menos el entusiasmo por tales muestras públicas de amor, aunque a la vez sobreviven.

 

Se sabe de una serenata efectuada en Puebla en la primavera de 1554 por Gutierre de Cetina, autor del famoso madrigal Ojos claros, serenos. En una noche especialmente oscura, acompañado a la vihuela por un amigo, el poeta salió a llevar música a doña Leonor de Osma, esposa del doctor De la Torre. El problema estribó en que la señora tenía al menos otro galán, Hernando de Nava, hijo de conquistador. Nava y otro rufián atacaron a espadazos a los trovadores hasta dejarlos inertes en el lodo, heridos de muerte. Esa misma noche, doña Leonor se levantó al oír aldabonazos mientras, al lado, su marido roncaba. Al asomar la cara por la reja, alcanzó a ver a Hernando, quien logró asirla y le destrozó el rostro a cuchilladas. Ella sobrevivió para acusarlo.

En más de una ocasión, sin llegar quizás a esos extremos, la iniciativa de llevar música a una dama acababa en sobresaltos por enfado del padre, los hermanos o los celos de otro pretendiente. Y es que, hasta hace muy poco, la situación jurídica de la mujer la reducía a una total dependencia del varón. Cada una venía al mundo en calidad de “hija de”. Si su padre o algún benefactor le aportaba una dote, se convertía en “esposa de”, quisiera o no al marido impuesto. Por fin, si le sobrevivía, pasaba a “viuda de”; siempre un hombre, o su sombra, dando soporte legal a la mujer.

Quedaba otra opción honorable, obtener la indispensable dote y recluirse para siempre, sola, en un convento. Por lo mismo, las solteras sin apoyo familiar, o las que por gusto o falta de recursos vivían amancebadas, tenían una situación legal muy precaria y su prestigio social, de nueva cuenta, dependía de su hombre. Estaba también la servidumbre femenina, fiel en principio a sus protectores, pero pronta a pregonar a los cuatro vientos lo que los amos hubieran preferido guardar en las paredes del hogar. Eran más explícitas si, a cambio de sus dichos, mediaba un soborno o un favor.

Peor era aún la situación de las mujeres de la vida pública, de las actrices –llamadas cómicas– y las que ejercían otras profesiones sin varón a su lado. Solo alguna viuda con recursos se permitía ciertas libertades, o una esposa alejada del marido, o la que corría el riesgo de burlarlo. Incluso cuando el cónyuge partía al Perú o regresaba a España, o por más que su rastro se perdiera del todo, ella arrastraba el título legal (protección y cadena) de proseguir como la “esposa de”.

En 1540 llegó a México el doctor don Juan de Negrete para ocupar el cargo de arcediano, segundo puesto en importancia en el cabildo de catedral; a la vez, se le encomendó enseñar teología, convirtiéndose en su primer catedrático. Tan destacado clérigo y maestro, graduado en París, pronto se reveló como alguien en extremo desenvuelto, “mofador”, cuya lengua era capaz de destrozar honras o lo volvía un irresistible seductor. Le gustaba cazar liebres en el monte, en compañía del virrey y la aristocracia criolla, y no se perdía las corridas de toros, por más que el obispo, fray Juan de Zumárraga, se empeñara en prohibirlas al clero. Con tan vivaz carácter, pronto se rodeó de amigos de muy distinto rango y de enemigos irreconciliables, muy en especial el obispo. Él replicaba con desdenes y burlas y dedicándoles los apodos más mordaces y ofensivos en aquella puntillosa sociedad.

Al parecer, abundaban motivos para acusar al arcediano de llevar una vida indigna de sus órdenes sacras, en constante rejuego con mujeres tenidas por deshonestas. Nadie lo acusó de procurar a jóvenes, ni de ir al alcance de indias o mulatas. Todo indica que prefería la experiencia y el trato con las casadas de su propia casta. Los rumores sobre sus hazañas, ciertas o exageradas, alimentaban las veladas y se reavivaban cuando alguien aportaba nuevas indiscreciones de una criada. Esa conducta, hablillas aparte, solía ser tolerada por aquella sociedad, habituada a los excesos del clero, y muchos admirarían sus dotes de galán, que él mismo procuraba engrandecer. Sin embargo, los enemigos utilizaban y distorsionaban esas historias para promover procesos judiciales, convencidos de que, tarde o temprano, acabarían por arruinarlo. Esos expedientes, azuzados por el obispo Zumárraga, abundan en historias pintorescas, con frecuencia divergentes. La Información de 1547, que reunió declaraciones de unos quince testigos, es riquísima en noticias y chismes.

En cierta ocasión –corría de boca en boca–, un marido sorprendió a su mujer en los brazos de Negrete. Este alcanzó a saltar por la ventana, con indudable riesgo de golpearse, acabar en alguno de los canales que atravesaban la ciudad, o ser atrapado por los negros del ofendido, pero él logró escapar. Para su fortuna, según aseguró más tarde el arcediano a su querida, aparecieron siete ángeles con candelas y ellos lo guiaron sano y salvo hasta su casa.

 

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