Minutos antes de la 5 de la tarde, de aquel funesto martes 20 de agosto de 1940, Frank Jacson estacionó su oscuro y reluciente Buick en la esquina de las polvorientas calles de Viena y Morelos, a unos pasos de la casa-fortaleza de León Trotsky, en lavilla de Coyoacán. El sol era ocre y voraz; fatigoso. Un minuto después, un Cadillac negro se detuvo, unos cien metros adelante, sobre la despoblada calle Viena. En él iban su madre, Caridad Mercader del Río y Tom, cuyo nombre verdadero era Naum Isaákovich Eitingon. Ambos, cómplices de Jacson.