• 19-jul-2019.

¿Quién fue Alcira Soust Scaffo y por qué es una de las protagonistas de la Historia de México?

La activista poética del 68
Ricardo Cruz García

 

Uno… dos… cinco… siete… diez… doce días. Una docena de amaneceres encerrada en el baño. De comida, papel higiénico; para beber, solo agua del lavabo. De compañía, los recuerdos, la imaginación y la infaltable poesía, pero también la ansiedad y el miedo, porque afuera rondaban los soldados del ejército mexicano que ocuparon Ciudad Universitaria (CU) en septiembre de 1968.

 

La noche del 18 de ese mes, miles de militares quebraron el cerco autónomo de CU. Las armas, los cascos y las botas brillaban al compás de la marcha soldadesca por salones, pasillos, bibliotecas y auditorios. Entraron acompañados de tanques ligeros, vehículos artillados y camiones, con el pretexto de “restablecer el orden” y desalojar a quienes ocupaban las instalaciones “para actividades ajenas a los fines académicos”.

 

Alrededor de 1 500 personas, entre estudiantes, académicos y trabajadores, fueron aprehendidas. Sin embargo, una mujer escapó al asalto: la poeta y activista uruguaya Alcira Soust Scaffo, quien se escondió en el octavo piso de la Torre de Humanidades, a un costado de la Biblioteca Central, y allí se mantuvo hasta la retirada del ejército, el 30 de septiembre.

 

El aura poética que envuelve a Alcira la llevó a ser protagonista de un episodio hoy legendario: fue la responsable de que los versos de León Felipe resonaran en los altavoces universitarios mientras el ejército irrumpía en CU, el mismo 18 de septiembre en que ese poeta español, exiliado en México, partiera de este mundo.

 

Doce días después, el poeta Rubén Bonifaz Nuño –coordinador de Humanidades de la UNAM– y los historiadores Miguel León-Portilla y Alfredo López Austin recorrían la Torre de Humanidades para revisar el estado en que habían quedado las instalaciones cuando el intendente Manuel halló una mujer en el baño del octavo piso. “¡No toques el cuerpo!”, le advirtieron. “¡Está viva!”, replicó. De inmediato se dirigieron al lugar y encontraron a Alcira demacrada, aunque con las fuerzas suficientes para salir de pie. “¡Voy por unos tacos!”, se apresuró Manuel. “Mejor traiga a los médicos”, le pidieron. La uruguaya se había salvado.

 

José Revueltas, el prestigioso intelectual que respaldó al Movimiento estudiantil, evocaría sus encuentros con ella en la Universidad desde el inicio del Movimiento del 68, o la impresión de poemas suyos en el mimeógrafo del comité estudiantil para repartir como si fueran balas contra el poder.

 

Alcira es un rompecabezas que, en buena parte gracias a la reciente exposición en el Museo Universitario Arte Contemporáneo de la UNAM, va adquiriendo cada vez más forma, aunque aún está incompleto.

 

Sabemos que nace en la ciudad de Durazno, Uruguay, en 1924. Se forma como maestra y en la década de 1940 inicia su labor docente. Becada por la UNESCO, en 1952 llega a Pátzcuaro, Mich., para estudiar una especialidad en el Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe. Tras el término de la beca, decide quedarse en el país. Trabaja como voluntaria en el Hospital Infantil de la capital mexicana y después incursiona en el mundo del cine por medio del Instituto Latinoamericano de Cinematografía Educativa, aparte de relacionarse con artistas e intelectuales exiliados en México, como Remedios Varo, María Zambrano, Emilio Prados y el propio León Felipe.

 

En los sesenta, es ayudante de Rufino Tamayo en la elaboración del mural Dualidad en el Museo Nacional de Antropología, acude a clases en la Facultad de Filosofía y trabaja con Juan José Arreola en Radio UNAM. Escribe poesía, aunque no tiene donde vivir y queda a expensas de que sus amigos le den alojamiento. Así llega a 1968.

 

Tras el traumático episodio en Ciudad Universitaria, continúa con su vida precaria y llena de altibajos; sin embargo, no deja de estar vinculada a la UNAM, a la poesía, al activismo político-social y a la cultura latinoamericana. En los setenta conoce al chileno Roberto Bolaño, quien la evocaría en las novelas Los detectives salvajes y Amuleto como “la madre de la poesía mexicana”.

 

Alcira veía en la poesía y el arte una forma de transformar el mundo; por ello repartía sus versos gratis por las calles y en Ciudad Universitaria, además de elaborar coloridos carteles que ponía a la vista de todos. También sembraba plantas y árboles en honor a poetas fallecidos o como símbolos de los valores que defendía, como la jacaranda que plantó en la Facultad de Psicología de la UNAM.

 

A finales de los ochenta, sus pésimas condiciones de vida la llevaron a presentar agudos trastornos psicológicos y a ser internada. En 1988, después de 36 años, volvió a su natal Uruguay, donde moriría en 1997 y sería enviada a la fosa común. Pese a ello, cada año la jacaranda que sembró sigue floreciendo.

 

 

El artículo "Alcira Soust Scaffo" del autor Ricardo Cruz García se publicó en Relatos e Historias en México número 124. Cómprala aquí.