Marina después de Tenochtitlán

Su destino, maternidad y herencia

ANTONIO RUBIAL GARCÍA

No nos es ajeno el papel fundamental que desempeñó Malintzin como intérprete, sabia consejera y diplomática, durante el proceso de la conquista de Tenochtitlán. No fue únicamente traductora: fue intérprete en el sentido más complejo del término, mediadora entre universos culturales radicalmente distintos. Su labor no consistía solo en trasladar palabras de una lengua a otra, sino en traducir significados, códigos políticos, gestos y formas de entender el mundo: del universo mesoamericano al imaginario medieval español.  La doble —e incluso triple— traducción (del náhuatl al maya y de ahí al castellano, en ciertos momentos) abre la posibilidad de equívocos que pudieron tener consecuencias históricas. ¿Cuánto de lo ocurrido fue resultado de estrategias deliberadas… y cuánto de incomprensiones inevitables?

Malintzin estuvo presente —o se cree que estuvo— en algunos de los momentos más decisivos de la conquista: desde los primeros contactos entre Hernán Cortés y los pueblos mesoamericanos, pasando por las alianzas con los tlaxcaltecas, las negociaciones con emisarios de Moctezuma II, la entrada a Tenochtitlán, y los complejos intercambios diplomáticos que precedieron y acompañaron la caída de la ciudad. También se le sitúa en episodios como la matanza de Cholula, en los diálogos durante el cautiverio de Moctezuma y, posiblemente, en los intercambios que rodearon la rendición de Cuauhtémoc. Consulta el artículo completo para conocer a detalles estos acontecimientos y la manera en que se han representado a través del arte. Su presencia atraviesa, como un hilo invisible pero constante, los momentos clave de un proceso que no fue solo militar, sino profundamente comunicativo. Esa es la historia que conocemos. O, al menos, la que se ha contado con mayor insistencia. Pero, ¿qué ocurrió con Malintzin cuando la conquista terminó? ¿Dónde vivió? ¿Cuál fue su destino? ¿Cómo transcurrieron sus últimos días?

Tras la caída de México-Tenochtitlan,
la vida de Malintzin no se detuvo, pero sí comenzó a diluirse entre las grietas de la historia. Mientras se levantaba la nueva ciudad española, Hernán Cortés se instaló en Coyoacán rodeado de su séquito y de mujeres indígenas. Entre ellas, Marina ocupaba un lugar singular: no solo como compañera, sino como pieza clave en la articulación del nuevo orden.

Ahí convivió incluso con Tecuichpo —esposa de Cuauhtémoc—y la hija de Moctezuma, nombrada para entonces Isabel, en un espacio donde poder, violencia y reconfiguración social se entrelazaban. Poco después, tras la llegada y misteriosa muerte de Catalina Xuárez, esposa legítima de Cortés, Marina regresó al lado del conquistador.

Madre dos veces, hijos de dos padres españoles
Hacia finales de 1522, quedó embarazada y dio a luz al primogénito de Hernán, a quien bautizaron como  Martín Cortés: uno de los primeros mestizos reconocidos de la Nueva España. Sin embargo, el niño fue separado de ella casi de inmediato y fue entregado para su crianza como español a Juan de Altamirano, un primo de Cortés. Doña Marina nunca más lo volvería a ver.

La segunda maternidad la tuvo tras contraer nupcias, fue entregada por Cortés en matrimonio al hidalgo Juan Jaramillo, uno de sus hombres de
confianza. Todo esto ocurrió durante la Expedición a la Hibueras (Honduras) para castigar al rebelde Cristóbal de Olid, llegaron en octubre de 1524, viaje que duró cerca de dos años hasta 1526. Durante ese tiempo, concibió a su segunda hija María Jaramillo. El recorrido de regreso no se hizo por tierra, sino por mar, y a partir de esas fecha las menciones a la intérprete y consejera de Cortés desaparecen de las crónicas. Esta ausencia ha dado pie para que algunos historiadores elucubraran que se quedó en sus tierras tabasqueñas y que vivió hasta 1551; pero hay pruebas documentales para situar su deceso en 1528, pues en el juicio de residencia de Cortés, en enero de 1529, unode los testigos se refirió a ella como: “la mujer de Jaramillo ya difunta”. Marina debió tener alrededor de 30 años cuando murió.

La conquistadora
Su papel como intérprete continuó siendo crucial en los años posteriores a la caída de Tenochtitlán. Participó en la comunicación entre españoles e indígenas, probablemente incluso con los primeros frailes franciscanos que llegaron al territorio. Su actividad como la principal intérprete de don Hernán debió incrementarse a partir de 1523, año en el que llegaron los tres primeros franciscanos de Flandes (entre ellos fray Pedro de Gante), a quienes doña Marina, recién parida, debió servir como intérprete. Quizá también tendría relación en algún momento con el grupo de franciscanos que llegaron al mando de fray Martín de Valencial en junio de 1524. Entonces, poco a poco, otros aprendían náhuatl, y su lugar comenzaba a ser reemplazado.

No obstante, durante la mencionada expedición a las Hibueras en 1524, seguía siendo indispensable. “Cortés sin ella no podía entender a los indios”, escribiría Bernal Díaz del Castillo. También debió participar en el juicio sumario que Cortés le hizo a Cuauhtémoc durante dicha expedición y después del cual fue condenado a la horca junto con el señor de Tacuba.

Fue también en esta expedición que Bernal sitúa el episodio en el cual Marina se reencontró con su madre y la perdonó por haberla vendido como esclava. Señala el cronista:
                                                 “Estando Cortés en la villa de
                                  Guazacoalco, envió a llamar a todos
                     los caciques de aquella provincia […]
               y entonces vino la madre de doña
   Marina y su hermano de madre, Lázaro […]
tuvieron miedo de ella que temieron que los enviaba [a] hallar
   para matarlos y lloraban”. Marina
         los perdonó, les dio muchas joyas,
            oro y ropa, y según Bernal les declaró
               “que Dios le había hecho mucha merced en
                   quitarla de adorar ídolos y ser cristiana y tener un
                      hijo de su amo y señor Cortés, y ser casada con  
                             un caballero como era su marido Juan Jaramillo”.

El episodio, cargado de dramatismo, revela tanto como oculta: ¿es memoria o invención literaria?

Su esposo les quiso quitar la herencia a sus hijos: Martín y María
Malintzin, fue de las pocas mujeres beneficiadas con encomiendas por su “colaboración a la caída de Tenochtitlán”, aunque claro, después de haberse casado y convirtiendo en propietario también a su marido, a través de ella. Hernán Cortés, concedió a Marina y a su marido Juan Jaramillo encomiendas en: Xilotepec, Tetiquipac y Olutlan Además de una huerta en San Cosme y una estancia de ganado cerca de Chapultepec. Por la entrega de pueblos en encomienda, el detentador tenía derecho a usufructuar el trabajo gratuito y el tributo de las comunidades a su cargo, función que desempeñó Juan Jaramillo, quien fue también miembro del ayuntamiento de la capital y alférez real.

Alrededor de 1530 doña María Jaramillo, la hija de Marina y de Juan, fue desposada con Luis de Quesada, y poco después, su padre (ya viudo) casó en segundas nupcias con Beatriz de Andrada. En 1542, María Jaramillo y su esposo presentaron ante el rey una relación de méritos y servicios de doña Marina a raíz de que Juan Jaramillo despojó a su hija de las encomiendas heredadas por su madre; el padre pretendía con ello favorecer al hijo de su nuevo matrimonio y María solicitaba de la Corona la reintegración de su herencia. ¿Te gustaría saber cómo fue el proceso del pleito legal que llevaron los hijos de Malintzin al intentar ser despojados de su legítima herencia? Consulta el artículo completo en la revista.


¿Cómo citar este artículo?
Antonio Rubial García, “Malinche. Su historia y su leyenda”, Relatos e Historias en México, núm. 210, Abril, 2026, pp. 30-49.