Los panecitos milagrosos de Santa Teresa de Ávila

Antonio Rubial García

 

Corría el año de 1648, y después de cinco veces que el supuesto milagro sucedió, el marido de doña María mandó llamar a su amigo el escribano Miguel Pérez para testificar su veracidad. Por más de veinte años se realizó el “prodigio” y en 1674, el arzobispo fray Payo de Ribera ordenó que se hicieran juntas de teólogos para que diesen su parecer sobre el caso.

 

María de Poblete era una mujer con muchas preocupaciones: tenía un marido tullido, Juan Pérez de Ribera, que no podía trabajar en su oficio de escribano y debía mantener a sus seis hijos. Aunque era hermana del deán de la catedral Juan de Poblete y vivía en su casa, sus necesidades eran muchas. Fue entonces que comenzó a realizar un acto prodigioso que consistía en reconstruir unos panecillos con la imagen de Santa Teresa que le regalaba su prima, una monja del convento de Regina. María pulverizaba previamente las piezas y las disolvía en agua en una tinaja. El milagro se realizaba en el transcurso de algunas horas y en los panecillos restablecidos se podía observar la imagen de la santa nuevamente formada en el fondo del agua.

Corría el año de 1648, y después de cinco veces que el supuesto milagro sucedió, el marido de doña María mandó llamar a su amigo el escribano Miguel Pérez para testificar su veracidad. Por más de veinte años se realizó el “prodigio” y en 1674, el arzobispo fray Payo de Ribera ordenó que se hicieran juntas de teólogos para que diesen su parecer sobre el caso. El prelado quería con esto apoyar al deán Juan de Poblete, quien era una pieza clave en su proyecto de consolidar al cabildo de la catedral. El jesuita Antonio Núñez de Miranda, quien estuvo en la junta de teólogos, predicó un sermón exaltando el milagro.

Después de la autorización episcopal, doña María multiplicó sus implementos para poder abastecer la creciente demanda. Junto al jarro original, guarnecido de plata, utilizó otro tres, en los cuales también se reconstituían los panecillos. En la casa del deán se acondicionó una capilla para realizar el milagro y se colocó en ella una imagen de Santa Teresa. Después de disolver los panecillos, doña María sacaba a la gente de la capilla y les decía que la santa estaba muy ocupada y que había que esperarla. Incluso a veces, cuando el milagro no se realizaba, la mujer comentaba: “la santa es una bellaca y nos hace muchas burlas”. Los asistentes dejaban algunas limosnas y se llevaban a su casa el agua con el polvo disuelto y la tomaban como remedio cuando enfermaban.

En 1680, fray Payo fue llamado a España y poco después el deán Juan de Poblete moría. Doña María quedaba sin protectores y en 1681 un grupo de frailes carmelitas abrió una causa inquisitorial contra ella por impostora. La mujer no se quería someter a su orden religiosa, la cual se sentía con el derecho de usufructuar los milagros realizados por su fundadora, la santa de Ávila. Los denunciantes decían que la hermana del deán traía siempre una bolsa colgada a la cintura y de ella sacaba los panecillos de manera subrepticia y los colocaba en la jarra. Varias de sus vecinas testificaron que la habían visto realizar esa suplantación, pero no se habían atrevido a denunciarla.

El escándalo que se podía dar si la Inquisición acusaba a la Poblete de falsaria era mayúsculo y eso no se le escapaba al Santo Oficio. Se pondría en entredicho la calidad de las personas implicadas, incluido el deán Juan de Poblete, quien obviamente conocía lo que su hermana realizaba en su casa. Se cuestionaría asimismo la declaración oficial que hiciera el arzobispo fray Payo sobre lo milagroso del caso y con ello la autoridad episcopal quedaría en entredicho. Pero sobre todo se dudaría de la buena fe e integridad de la junta de teólogos que declaró el milagro, entre ellos el padre Núñez de Miranda, que era calificador del Santo Oficio y uno de sus miembros más destacados.

La Inquisición decidió dar carpetazo al proceso y doña María si guió realizando en su casa el prodigio hasta 1687, año en que murió. Su fama de santidad tampoco sufrió merma y fue enterrada en la capilla de San Felipe de Jesús en la catedral. El milagro de los panecitos era una prueba más de que Nueva España era un paraíso beneficiado por Dios con innumerables milagros los cuales demostraban su predilección hacia sus habitantes.

El caso de los panecillos de María de Poblete ejemplifica un rasgo fundamental de la vida cotidiana novohispana: una religiosidad muy crédula que permeaba con intensidad todas las acciones diarias. Nos deja ver también que la línea divisoria entre lo sagrado y lo profano se traspasaba con gran facilidad y los efectos corrosivos de la familiaridad llevaban a los creyentes a los límites de la blasfemia o de las devociones practicadas de manera mecánica, casi mágica. La frase “la santa es una bellaca y nos hace muchas burlas” que uno de los testigos en el juicio inquisitorial escuchó decir a doña María de Poblete es una clave que nos permite atisbar la relación, entre familiar e irreverente, que muchos fieles tenían con sus santos.