• 19-sep-2021.

Las Santitas

Antonio Rubial García

Don Juan aprovechó el cambio de ciudad para incitar a sus hijas a trabajar en algo de lo que la sociedad capitalina estaba ávida: producir milagros. Cuando María se fue a vivir a San Cosme, su hermana gemela Josefa comenzó a tener “comunicación” con el más allá y tomó el apelativo de San Luis Beltrán, un santo dominico recién beatificado, y convenció a su hermana Nicolasa de agregar al suyo el de Santo Domingo.

 

Corrían los años veinte del siglo XVII cuando Juan Romero Zapata, barbero de oficio, decidió dejar el tendajón que tenía en el barrio poblano de San Pablo y mudarse a Cholula con su mujer Leonor Márquez de Amarilla y sus tres hijos, las gemelas Josefa y María y el pequeño Lucas. Su negocio no prosperaba, doña Leonor estaba embarazada de nuevo y su familia política, con pretensiones de pertenecer a los linajes fundadores de Puebla, lo despreciaba.

Durante los cinco años que estuvieron en Cholula, nacieron Nicolasa y Juan y también llegó a vivir con ellos una joven de nombre Catalina Morales, muy posiblemente una hija que el barbero tuvo fuera del matrimonio. Pero el cambio de ciudad no mejoró la fortuna de los Romero, cuya situación era tan precaria que cuando nació su última hija, Teresa, fue enviada a Atlixco a criarse en la casa de una parienta.

Pero a partir de entonces la fortuna le sonrió a Juan, pues su hermano, el dominico fray Lucas Zapata, quien vivía en el convento de Tepetlaoztoc (o Tepetlaoxtoc, en el actual Estado de México), lo mandó llamar para que se hiciera cargo de la administración de las haciendas que poseían ahí los frailes. Gracias a su relación con los dominicos, don Juan se fue enriqueciendo, pues se quedaba con parte de los pagos que los indios entregaban al convento y los despojaba de sus bienes, entre ellos la casa donde vivía con su familia.

Después de ocho años, una de las gemelas, María, quedó embarazada de Diego Pinto, un vaquero del cortijo que tenía su padre. Teresa, la hija menor que vivía en Atlixco, fue invitada a la boda y se integró de nuevo a la familia, aunque con muchos resentimientos por el abandono. Al poco tiempo, los abusos de don Juan provocaron quejas cada vez más violentas de los pobladores de Tepetlaoztoc y la familia se vio forzada a salir del pueblo, expulsados por las autoridades y entre los gritos y las amenazas de los indios.

Producir milagros

Los Romero se dirigieron entonces a la capital de Nueva España, donde don Juan tenía otro pariente dominico, fray Cristóbal de Pocasangre, quien les arrendó una casita que el convento de Santo Domingo poseía en el barrio de Santa Catarina. Es probable que el mismo sacerdote le consiguiera a Diego Pinto un trabajo en las huertas del Marqués en San Cosme, a donde se trasladó con María, quien ya había dado a luz otro vástago.

Don Juan aprovechó el cambio de ciudad para incitar a sus hijas a trabajar en algo de lo que la sociedad capitalina estaba ávida: producir milagros. Cuando María se fue a vivir a San Cosme, su hermana gemela Josefa comenzó a tener “comunicación” con el más allá y tomó el apelativo de San Luis Beltrán, un santo dominico recién beatificado, y convenció a su hermana Nicolasa de agregar al suyo el de Santo Domingo. Los ataques de epilepsia de esta última le permitían una actuación muy natural y Josefa comenzó a imitarla, agregando las convulsiones a sus raptos, a lo que se sumaba que poseía un gran talento, una memoria aguda y una personalidad carismática remarcada aún más por un defecto físico: tenía seco el brazo izquierdo.

La menor, Teresa de Jesús, había mostrado una gran rebeldía y una moral muy relajada desde su estadía en Tepetlaoztoc, quizá como consecuencia de su abandono en Atlixco. La necesidad de ser aceptada por su padre la llevó a imitar las atrevidas acciones de la primogénita, con quien muy pronto entabló una feroz competencia. Cuando Josefa se presentó con heridas en la frente que parecían producidas por una corona de espinas, Teresa arrojó al día siguiente espumarajos de sangre por la boca después de recibir la comunión. El conflicto entre las hermanas terminó abruptamente cuando Teresa, golpeada en la cara con unas varas por Josefa, huyó de la casa paterna. Cuando regresó unos meses después, estaba embarazada y fue necesario que la familia la enviara fuera de la ciudad para evitar el escándalo.

Para sustentarse, las hermanas decían dedicarse a tejer mantas de lana delgadas, de las que solían hacer túnicas para los religiosos. En un principio sus vestidos eran viejos y Teresa muy pronto adoptó el sayal del Carmelo y se rapó la cabeza. El ajuar de su casa fue siempre muy modesto: un petate, una imagen y un cofre. Aunque no poseían libros, los conseguían prestados de sus amigos sacerdotes o laicos y los comentaban después de hacer su lectura en familia, sobre todo bajo la dirección de su padre Juan Romero. Aunque a menudo las razones que dieron para realizar los engaños fueron la indigencia y la falta de recursos, no debe descartarse que detrás de sus actitudes hubiera también una necesidad de llamar la atención y de adquirir prestigio y presencia sociales.

 

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Antonio Rubial García. Doctor en Historia de México por la UNAM y en Filosofía y Letras por la Universidad de Sevilla (España). Se ha especializado en historia social y cultural de la Nueva España (siglos XVI y XVII), así como en cultura en la Edad Media. Entre sus publicaciones destacan: La Justicia de Dios. La violencia física y simbólica de los santos en la historia del cristianismo (Ediciones de Educación y Cultura/Trama Editorial, 2011); El paraíso de los elegidos. Una lectura de la historia cultural de Nueva España (1521-1804) (FCE/UNAM, 2010); Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida cotidiana en la época de sor Juana (Taurus, 2005); La santidad controvertida (FCE/UNAM, 1999); y La plaza, el palacio y el convento. La Ciudad de México en el siglo XVII (Conaculta, 1998).

 

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