• 19-jun-2021.

El Santo Niño de la Guardia y otros falsos martirios infantiles

Antonio Rubial García

A partir de las Cruzadas medievales, las historias sobre el robo de niños a manos de judíos se extendieron por Europa con el fin de fomentar el odio contra estos.

 

Cuaresma de 1491 en el pueblo toledano de La Guardia. Una madre busca desesperadamente a su hijo, un niño inquieto que siempre andaba por los montes. Varios judíos de la comunidad fueron hechos prisioneros y torturados hasta que confesaron que habían llevado al niño a la sinagoga para hacer un sacrificio ritual. Los ocho inculpados fueron quemados en la hoguera en un auto de fe en Ávila en 1492.

Desde el siglo XI varios casos similares se habían dado supuestamente por toda Europa y eran difundidos por los hagiógrafos oficiales españoles del siglo XVI, como Alonso de Villegas y Pedro de Rivadeneira. El primero de los casos narrados fue el de San Guillermo de Norwich, un niño inglés que apareció muerto el Sábado Santo de 1144 y cuyo asesinato fue atribuido a los judíos de la ciudad.

Villegas narra también con morboso detalle el martirio de San Simón de Trieste, un niño de dos años asesinado en la sinagoga por los judíos Moisés y Samuel, quienes lo acuchillaron y con tenazas le arrancaban pedazos de carne. La historia del niño de Trieste era solo una de las muchas narraciones sobre niños “martirizados” por los judíos que se difundieron en las sociedades europeas a partir de las Cruzadas, con miras a promover el odio contra los judíos.

Desde finales del siglo XIII España fue un territorio privilegiado para tales narraciones fantasiosas, siendo una de las leyendas más difundidas en ella la de San Dominguito del Val, un piadoso infantito de siete años, cantor de la catedral de Zaragoza, que en 1250 fue raptado por los “perversos rabinos”, crucificado y alanceado para repetir la pasión de Cristo. Su cabeza y sus manos le fueron cortadas y arrojadas al río Ebro, de cuyas aguas comenzaron pronto a surgir luces milagrosas que indicaron dónde seencontraban tirados sus restos, los cuales fueron depositados en la iglesia de San Gil.

Finalmente se les trasladó a la catedral de Zaragoza, en donde todavía se veneran sus reliquias, a pesar de no haber sido canonizado oficialmente. El caso de San Dominguito se difundió extensamente en el ámbito hispánico junto con los rumores antisemitas sobre los judíos, que “solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos”. El efectismo de tales narraciones era claro, pues en ellas se contrastaba la inocencia y el candor de las víctimas con la maldad de sus verdugos. Además, la presencia de una “pasión” que culminaba con la crucifixión, convertía la muerte de estos niños en un espejo de la de Cristo.

Los casos se multiplicaron en los siglos XIV y XV en un ambiente de inestabilidad y crisis y su publicidad movió a las masas a perpetrar crímenes aún más horrendos que los supuestamente cometidos por los judíos. Desde mediados de la centuria un verdadero furor alrededor del tema se despertó a raíz del libro (publicado en 1449) Fortalitium Fidei. Contra judíos, sarracenos y otros enemigos de la fe cristiana, por el fraile converso fray Alonso de la Espina. En él aparecían varios relatos de crucifixiones infantiles cometidas por judíos. En 1468, a raíz del “asesinato ritual” del Santo Niño de Sepúlveda, el obispo de Segovia Juan Arias Dávila (él mismo judío converso) mandó a las llamas a dieciséis acusados y a otros más a la horca. Los moradores de Sepúlveda, no satisfechos con tal dictamen, se lanzaron sobre la judería e inmolaron en sus propias casas a la mayor parte de sus moradores.

Pero el caso más sonado fue sin duda el del Santo Niño de La Guardia, con el que iniciamos este relato, supuestamente muerto en Toledo en las mismas circunstancias que los anteriores. A partir de las actas inquisitoriales del caso sucedido entre 1490 y 1492, en la actualidad se ha podido reconstruir el proceso en el cual los ocho detenidos, que originalmente solo habían sido acusados de judaizantes, fueron inculpados durante los interrogatorios de un infanticidio ritual inexistente y fueron llevados a la hoguera en Ávila.

Ahora sabemos que dicha condena fue orquestada por el Inquisidor Mayor de Castilla fray Tomás de Torquemada para convencer a la reina Isabel la Católica de emitir el decreto de expulsión de los judíos de Castilla, lo cual sucedió cinco meses después del auto de fe. Es curioso que los testigos de los supuestos crímenes, todos amigos de la familia de la víctima, no se ponían de acuerdo sobre el nombre del niño; unos le llamaban Juan y otros Cristóbal. Un cuadro contemporáneo a los hechos, obra del pintor Pedro Berruguete, hace referencia a este auto de fe, aunque con el pretexto de representar a Santo Domingo como inquisidor.

En 1583 fray Rodrigo de Yepes publicó la Historia del santo inocente que llaman de Laguardia, texto que inspiró a Lope de Vega para una “comedia”. A principios del siglo XIX el papa Pío VII autorizó oficialmente el culto a San Cristóbal para la diócesis de Toledo y le dio el 25 de septiembre para su celebración. Desde el siglo XVI hasta nuestros días ha sido constante la fuerte devoción a este “santito” en Castilla, además de existir una abundante cantidad de sus imágenes y de narraciones de sus supuestos “milagros”.

Como sucedió en el pasado, los discursos de odio no son inocuos y el racismo, la misoginia o la homofobia terminan generando violencia, como la que propició el antisemitismo a lo largo de la historia de Occidente. Los feminicidios de Ciudad Juárez, los asesinatos impunes de homosexuales o las matanzas de indígenas como la de Acteal no son más que una muestra de la violencia que aún siguen generando los discursos de la discriminación.

 

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Antonio Rubial García. Doctor en Historia de México por la UNAM y en Filosofía y Letras por la Universidad de Sevilla (España). Se ha especializado en historia social y cultural de la Nueva España (siglos XVI y XVII), así como en cultura en la Edad Media. Entre sus publicaciones destacan: La Justicia de Dios. La violencia física y simbólica de los santos en la historia del cristianismo; El paraíso de los elegidos. Una lectura de la historia cultural de Nueva España (1521-1804); Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida cotidiana en la época de sor Juana, entre otras.

 

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