• lunes, 12 de noviembre de 2018.

El mito del padre Pro

Por: Carlos Martínez Assad

A cada quien la cruz de su parroquia

 

Humberto Pro Juárez fungía como delegado regional de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa. Al igual que él, Miguel Agustín Pro, Luis Segura Vilchis y Juan Antonio Tirado Arias eran integrantes de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM); fueron acusados de participar en un complot de los tantos que conspiraron contra la vida del general Álvaro Obregón, expresidente y luego candidato presidencial encaminado a restaurar la controvertida reelección, que había desencadenado una revolución que dejó cientos de miles de muertos.

 

El domingo 13 de noviembre Obregón viajaba por la calzada de los Filósofos, en el bosque de Chapultepec, cuando a su auto se le emparejó un Essex del que fue arrojado un par de bombas que estallaron entre las llantas del vehículo del candidato y por su efecto varios vidrios se rompieron, causando heridas leves a sus ocupantes. El auto agresor se dio a la fuga y la escolta lo persiguió; en el intercambio de disparos sólo fue herido de muerte Nahúm Lamberto Ruiz, en la intersección entre Insurgentes y Chapultepec. Éste fue el primero identificado porque, creyéndolo muerto, lo abandonaron en el vehículo.

 

Mientras tanto Obregón, fuera del auto agredido, se sacudió el polvo de su traje y decidió ir a su casa en avenida Jalisco para arreglarse, cambiarse y dirigirse hacia la corrida en la Plaza de Toros de la Condesa, situada en donde es hoy la calle de Durango. Su temple habrá tenido el ingeniero Segura Vilchis como para ir igualmente a la plaza y encima hacer lo posible para acercarse a Obregón y conversar con él de cualquier cosa.

 

Cuando la policía arrancó en su lecho de muerte una supuesta confesión a Nahúm, dio los nombres de los involucrados y éste ingenuamente mencionó que avisaran a los Pro que debían cuidarse. Obregón, al escuchar el nombre de Segura Vilchis entre los involucrados, insistió en que no podía ser la persona tan amable que conoció en la corrida de toros del domingo y con la cual conversó. Incluso existe la versión de que fue él quien lo libró de ser encarcelado de inmediato, aunque el 19 de noviembre se presentó a declarar voluntariamente y asumió toda la responsabilidad.

 

Los Pro alegaron que Humberto había vendido el auto al mismo ingeniero unas semanas antes y éste lo ratificó, pero las pruebas no resultaron convincentes. Se indagó que los integrantes de la Liga se reunían en la casa de Alzate 44, arrendada a Josefina Montes de Oca, sobrina del obispo Ignacio, de los mismos apellidos. Allí se realizaban ceremonias religiosas y, lo más grave, fue donde Segura Vilchis hizo las ineficaces bombas caseras. Miguel Agustín Pro también había estado en la casa de la señora María Valdés –quien alquilaba cuartos–, en el número 22 de la calle Londres, y en la marcada con el 192 de Liverpool, donde citaba a los feligreses para confesarlos. Al final, los rastros confluían con el vehículo que involucró a los Pro en el acto que los llevó a la muerte.

 

Otra mirada

 

Julio Scherer García publicó por entregas en Excelsior, del 2 al 9 de octubre de 1961, una entrevista con el general Roberto Cruz; luego apareció como libro en El indio que mató al padre Pro (Fondo de Cultura Económica, colección Tezontle, 2005). El título se inspiró en el pasado del general con los aguerridos yaquis que apoyaron las campañas militares de Obregón.

 

Nacido en Guazapares, Chihuahua, en 1888, Cruz fue maderista y se afilió con el bando de los sonorenses en la rebelión de Agua Prieta (1920) contra el presidente Venustiano Carranza, quien quiso imponer a Ignacio Bonilla como su sucesor. Ese fue uno de los momentos clave de la historia de México del siglo XX porque ahí se conformó el grupo dominante que marcó los destinos del país.

 

Cruz ocupó desde entonces varios cargos, como las jefaturas militares de Nayarit y Durango, hasta que en 1921 en la ciudad de México se encargó de la Jefatura de la Guarnición de la Plaza y de las Operaciones del Valle de México. Fue ascendido a subsecretario de Guerra y Marina, con el general Francisco Serrano como secretario. También ocupó la Jefatura de la Zona Militar de Puebla, y en 1925 el presidente Calles lo nombró inspector general de Policía, según relato de Ángeles Magdaleno C. en el prólogo al libro de Scherer García.

 

Como muchos políticos en la historia de México, la religiosidad de Cruz no fue central en su vida; sin embargo, al igual que otros aceptó casarse por la Iglesia, también que su esposa Luz Anchondo convocara a reuniones en su casa de las calles de Celaya y Tehuacán, en la colonia Hipódromo, donde oficiaba un sacerdote, “que a mí ningún daño me hacían”. Incluso aceptó arrodillarse frente a Pío XI, al que visitó en el Vaticano y de quien opinó: “Qué cara tan buena la del hombre. A mí no me conmovió, porque soy renegado, pero sí vi que entre los presentes había muchos que lloraban de emoción”. El retrato del papa con la indulgencia para la familia estuvo colgado en su casa hasta la muerte de la señora Luz.

 

Su queja contra Agustín Pro Juárez era: “A él, le debo todo, esta fama de troglodita, de matón, de hombre de las cavernas. Todo se lo debo a Pro”. Y afirmó no haber sentido nada cuando escuchó la descarga que acababa con él, Segura Vilchis y Tirado; en cambio, lamentó haber cumplido una orden a la que como militar no podía negarse. “Quién no lo lamentaría en mi lugar. No es agradable ir por la vida con fama de matón, de hombre sanguinario, hasta de troglodita”. Aunque estaba convencido del delito de los inculpados, quiso persuadir a Calles de que se siguiera el juicio correspondiente, pero el presidente se opuso alegando que, si no los paraban, seguiría él después de Obregón. La historia negó esa lógica.

 

Aún se encuentra en la calle Londres la casa en la que fue encontrado Pro; Segura Vilchis fue detenido en el edificio de la Compañía de Luz y Fuerza donde trabajaba. Por otra parte, localizaron la casa abandonada con las evidencias en la colonia Santa María la Ribera. “Encontramos indicios comprometedores –relató el general Cruz– y toda clase de huellas, algunas latas vacías y restos de explosivos.

 

También el maletín de Pro. Allí estaba, en uno de los cuartos de ese hogar vacío [...] Nunca pudo explicarnos cómo fue que su maletín quedó allí. Nos dijo que lo había olvidado, que lo engañaron, que unas gentes de mal corazón sorprendieron su buena fe y le dijeron que una persona ya próxima a la agonía deseaba verlo y que se hospedaba en esa casa”. Aunque como se desprende de sus propios argumentos y de su vida en pareja, demostrar que el padre Pro había oficiado clandestinamente no era motivo suficiente para fusilarlo.

 

Cruz alabó la valentía del ingeniero Segura Vilchis, quien declaró haber preparado el atentado y, enfático, asumió la responsabilidad; decía: “Yo los engañé. Yo soy el culpable de todo. No hay más responsable que yo. Yo los conduje a esa casa abandonada, sorprendiendo su buena fe. Que me maten a mí, si quieren en este mismo momento, pero dejen en libertad a los que son y han sido inocentes toda su vida”.

 

La construcción

 

El hermano menor, Roberto Pro, quien también fue aprehendido y luego liberado, escribió algunos pasajes de lo que fueron esos aciagos días. Él relató que cuando preguntaron a su hermano Agustín si deseaba algo: “Sí, contestó, espere un momento, y poniéndose de rodillas, con profunda devoción, se santiguó pausadamente, juntó las manos, oró unos momentos, besó devotamente el pequeño crucifijo que llevaba al cuello, y tomando en una mano el crucifijo y en la otra el rosario, se puso en pie, abrió tranquilamente los brazos en cruz y, mirando sin pestañear los rifles que le apuntaban al pecho, dijo con tono mesurado: ‘¡Viva Cristo Rey¡’”, según retoma Alicia Olivera de Bonfil en “Cómo se forjó un mártir. Vida y milagros del padre Pro”, en A Dios lo que es de Dios (Aguilar, 1994).

 

El sepelio de los Pro fue multitudinario…

 

 

Esta publicación es sólo un resumen del artículo “El mito del padre Pro”, del autor Carlos Martínez Assad, que se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 98.

 

 

En 2007 salió a la luz una película sobre la vida de Miguel Agustín Pro, dirigida por Miguel Rico Tavera. Dé clic en la siguiente liga para ver el trailer: http://relatosehistorias.mx/galeria/el-padre-pro