• 16-oct-2019.

CDMX, la ciudad de las jacarandas

Gerardo Díaz Flores

 

La increíble belleza que florece cada primavera en la capital mexicana fue obra de un japonés durante la posrevolución

 

 

La reapertura de Japón al mundo a mediados del siglo XIX tuvo consecuencias de toda índole. Tras más de doscientos años de aislamiento, mucha de la cultura, ciencia, tradición e incluso conocimientos básicos de la isla oriental habían quedado en el olvido o llegaron a cuentagotas a las poblaciones de Occidente. Así que tras la rehabilitación de relaciones comerciales, la nación nipona exportó infinidad de cosas y valores, entre ellos elementos que impactaron en el paisaje de las urbes o en la fisonomía de edificios y hogares del mundo.

 

La jardinería como arte

 

Un ejemplo de ello es el arte de la jardinería, que en la cultura japonesa tuvo un gran desarrollo y se apegó al diseño de paisajes naturales en pequeña escala, los cuales se elaboraron en interiores y exteriores de las grandes casas o templos. Por su magnífica composición, fueron ideales para el deleite visual, principalmente de la clase alta. Con lagos artificiales o agua fluyendo por diferentes medios, los jardines se distinguieron por su elegancia, efectos multicolores e integración de la naturaleza con la arquitectura. También se desarrollaron algunos planos y con escasos elementos, como gravilla y composiciones rocosas, en ocasiones ornamentadas con musgo de diferentes tonalidades.

 

Arte y oficio a la vez, la jardinería se desarrolló durante muchos años y periodos políticos de Japón. Con el paso del tiempo, muchos jardineros llegaron a convertirse en botánicos y arquitectos del paisaje, al grado que su fama se extendió por diferentes regiones del mundo y su arte fue solicitado por los que podían darse el lujo de poseer y mantener este tipo de espacios.

 

El jardinero Matsumoto

 

Alrededor de 1896 arribó a México Matsumoto Tatsugoro, un experto que ya llevaba tiempo trabajando en Sudamérica, gracias a la buena recepción que su arte tuvo entre los acaudalados de la región. En nuestro país, una de sus primeras labores fue de carácter privada, pues trabajó en la hacienda de don José Landero y Cos, en Hidalgo. Con el embellecimiento de los jardines que logró en este lugar, se hizo de buenas referencias para obtener otros trabajos. Fue así que, tras diversos empleos, finalmente se estableció en Ciudad de México, cuando corrían los últimos diez años de la paz porfiriana.

 

En la capital, en medio de familias privilegiadas y en casonas que competían en belleza con la del vecino, el japonés se hizo de tal prestigio que se peleaban por su asesoría o por los exquisitos arreglos de flores que comerciaba. Hasta el propio presidente Porfirio Díaz solicitó que se hiciera cargo de la residencia presidencial de Chapultepec, así como del bosque que la rodeaba.

 

La renuncia de don Porfirio podría haber sido el fin de Matsumoto en México, pero no fue así. El mandatario Francisco I. Madero respaldó el trabajo de “don Moto” –como le decía de cariño– en los jardines presidenciales. Además, su trabajo en casas particulares y la florería de su propiedad ubicada en la calle Colima, en la colonia Roma, brilló más que nunca.

 

Más adelante, ante la tormentosa caída del presidente y el golpe militar de 1913, fueron ciudadanos japoneses los que dieron abrigo a la familia Madero y esto nunca fue olvidado por los diferentes gobiernos emanados de la Revolución, que reconocieron el esfuerzo y solidaridad de aquellos extranjeros.

 

De cerezos a jacarandas

 

En 1920 llegó el turno de Álvaro Obregón en la presidencia. Durante su gobierno, diversos emisarios viajaron a Washington, Estados Unidos, para intentar restablecer las relaciones formales entre ambos países. Durante los viajes, los mexicanos seguro que se percataron del regalo que en 1912 Japón había otorgado a la capital norteamericana y que en primavera, cuando florecen, lucían espectaculares: los Prunus serrulata, conocidos en Japón como sakura y en español como cerezos. Originario del este de Asia, este árbol es un ícono de la nación nipona y motivo de festividades en las que incluso se le da un carácter reverencial, además de ser parte de su cultura popular.

 

En aquellos años se consideró la adopción de los cerezos en México, por lo que se acudió a Matsumoto para conocer la viabilidad de colocarlos como símbolo de amistad en las calles y parques de la capital mexicana. La respuesta del experto japonés entristeció a más de uno, pues al tratarse de árboles del hemisferio norte, su florecimiento requiere de un cambio más brusco de temperatura entre el invierno y la primavera, lo que la ciudad es incapaz de ofrecer. Sin embargo, gracias a su estancia en Sudamérica, aconsejó traer un árbol que podría reproducirse en sus viveros sin mucha dificultad: la Jacaranda mimosifolia.

 

Originario de zonas de Bolivia, Argentina, Paraguay y Brasil, esta especie que puede alcanzar hasta veinte metros de altura fue recomendada por su preciosa copa y follaje, pero sobre todo por sus flores de color violeta que, al igual que el cerezo, estallan cada primavera en racimos apretados en la punta de las ramas. Matsumoto indicó además que no habría impedimento climatológico alguno y que, ante la ausencia de lluvia, la flor duraría lo suficiente para ser apreciada.

 

La iniciativa fue bien acogida y, a pesar de que en la agenda del gobierno había puntos más vitales que resolver, al poco tiempo las jacarandas fueron reproducidas y plantadas en las calles de la capital. A tal grado que hoy en día, sobre todo en la primavera, el espectáculo de su florecimiento se considera un obligado y colorido evento que vale la pena contemplar.

 

Quién lo diría: ¡todo gracias a un japonés!

 

 

El artículo “La ciudad de las jacarandas” del autor Gerardo Díaz Flores, se publicó en Relatos e Historias en México número 117. Cómprala aquí.