LA CULEBRITA Y EL CASO DE UN MAL VECINO

¡Un librero anticlerical es denunciado al Santo Oficio, entérate!

Olivia Moreno Gamboa

Dondequiera que iba, Francisco Suárez Clavería llamaba la atención de la gente y se convertía en objeto de ácidas críticas. Así volvió a ocurrirle durante su corta estancia en la famosa Culebrita, la vecindad a la que llegó a vivir en 1791 cuando  se trasladó de Veracruz a Ciudad de México. Una tarde, Francisco entró en la  vieja casona llevando consigo tres  sacos de cuero, un baúl y dos grandes cajas de madera. Con enorme esfuerzo y la ayuda de dos muchachitos indios, logró subir sus pertenencias en el cuarto que había alquilado en el primer patio. Varios vecinos salieron para presenciar La mudanza del nuevo inquilino e intercambiar algunas palabras con él. Casi todos le preguntaron lo mismo: qué guardaba en esas pesadas  cajas. Libros   menudencias impresas –respondía entre jadeos–. ¡Ah! y también naipes, listones de seda para las damas y unos cuchillos hermosos con los mangos grabados. Pero sobre todo traigo comedias y gacetas –presumía– que me llegaron en la última flota de España.  El oficio de Suárez Clavería causó sorpresa a sus vecinos. Nunca antes un librero había llegado a vivir a la vecindad de la calle de la Cruz del Factor; una vecindad también llamada “Casa de los Pobres”. La mayoría de los co-habitantes  ejercían los oficios más comunes de la capital. La mayoría eran dependientes y mozos de las carnicerías, lecherías, chocolaterías y almuercerías del barrio. Algunos estaban empleados en sastrerías, zapaterías, estancos de cigarros y velerías, donde también trabajaban sus esposas e hijos. 

(…)

Don Francisco, puso una pequeña tienda, un cajón de libros en el mercado del Parián, poesía todas las habilidades que un buen librero culto debía poseer para su oficio. Pero muy pronto su singular oficio pasó a segundo plano; la lengua del librero, más suelta que la de un perro sediento, comenzó a causar escándalo, sobre todo a las mujeres. En una ocasión, Juana Villanueva oyó a Francisco decir que “ninguna mujer llegaba doncella al matrimonio”. También aseguraba que: “los frailes y las monjas no servían para nada” porque no daban “fruto alguno” a la república (…) Por si fuera poco, a María Iriarte se le ocurrió regalarle un rosario, pero Francisco, en lugar de tomarlo, le preguntó en son de burla “para qué servía aquel mecate, que  mejor lo tirara”. Sus vecinos también comprobaron que solo iba al templo los días de fiesta, que no respetaba el ayuno durante la Cuaresma y nunca hacía oración devota por ningún santo. La paciencia de la comunidad se agotó el día que lo oyeron argumentar que “los curas que ponían el nombre de Manuel a los niños nacidos en Corpus eran unos ignorantes, porque no les constaba que a Jesucristo lo hubieran nombrado así el día de su circuncisión”

La gente se preguntaba de dónde le venían a Francisco esas ideas, si de su amistad con otros libreros y tratantes del Parián; quizás de la lectura de autores materialistas o de las gacetas extranjeras que vendía en su cajón. Sea como fuera, un grupo de vecinos, liderados por Juana y María, se armó de valor y lo denunció ante el comisario del Santo Oficio. ¿Cómo crees que reaccionó la máxima autoridad eclesiástica para asuntos de fe y moral pública? ¿Qué le deparó a Francisco Suárez tras haber sido acusado por sus vecinos de La Culebrita?

Descúbrelo en el artículo completo del número 156 de la revista. 

¿Cómo citar este artículo?
Olivia Moreno Gamboa, “La Culebrita. Vivencias y conflictos en una vecindad novohispana”, Relatos e Historias en México, núm. 156, Octubre, 2021, pp. 20-23.