Por las noches, a mediados de los años sesenta, era común verlo llegar en su límpido Cadillac rojo al Stardust, un prestigioso hotel y casino de Las Vegas. Frank Sinatra lo había invitado a que preparara un espectáculo para presentarlo allí, pues consideraba que todo el mundo debía escuchar esa portentosa música que no se parecía a nada antes hecho; que sonaba al espacio, a sorpresa, a otro mundo. Lo conocían como Esquivel.