Los frutos del Colegio de Tlatelolco

Pablo Escalante Gonzalbo

Los alumnos de Tlatelolco que regresaban a sus pueblos fueron difusores muy eficaces de la integración cultural entre el mundo indígena y el occidental, e incluso muchos asumieron cargos de autoridad en esos lugares.

 

El puro retorno de los franciscanos a la rectoría del colegio en 1566 es un indicador de su interés en dar continuidad a los estudios que allí se realizaban. Para cualquier interesado en el porvenir de Nueva España como un reino floreciente e incorporado a los planes de la monarquía, el proyecto tenía un valor enorme: se trataba de proveer a los indios de las herramientas más completas y racionales para comprender el nuevo orden religioso, el nuevo orden jurídico, las nuevas lenguas (latín y español) y sus expresiones literarias. Era el vehículo de integración más sólido y el único que garantizaba que la comunicación entre los mundos indígena y español alcanzase verdadera profundidad.

Se abre el mundo de los libros

Cuando hacemos un balance de lo que sabemos sobre los libros europeos en la Nueva España, considerando embarques, inventarios y los fondos conventuales cuyos ejemplares se conservan –que suelen estar sellados o anotados con indicaciones de las bibliotecas a las cuales pertenecieron–, nos damos cuenta de que, en términos generales, aquí se conocían y estudiaban los mismos libros que en el Viejo Mundo. Los fondos conventuales, en particular, nos dan una idea de lo que los indios con más instrucción y cercanos a los frailes podían haber tenido a su alcance. Y la impresión es la misma: en las bibliotecas de los conventos podía haber obras como los comentarios de Erasmo al Nuevo Testamento, un ejemplar de la Divina comedia, textos de Aristóteles, Cicerón o Santo Tomás, enciclopedias como el Hortus Sanitatis de Johan von Cube o el De propietatibus rerum, de Bartholomaeus Anglicus, y muchos otros autores clásicos, medievales y humanistas; además de libros de liturgia, misales, biblias, vidas de santos y obras piadosas.

Entre otros muchos autores detectados en la antigua biblioteca del colegio se encuentran Platón, Aristóteles, Plutarco, Cicerón, Juvenal, Marcial, Plinio, Quintiliano, Salustio, Tito Livio, Virgilio, Prudencio, Flavio Josefo, San Jerónimo, San Agustín, Santo Tomás, Erasmo, Luis Vives, y no hay duda ninguna de que conocieron a Alciato. Algunos eran más importantes que otros: por ejemplo, Cicerón era la obra más importante para que profundizaran en la construcción en latín. Tito Livio era, probablemente, el principal modelo historiográfico, y su Historia de Roma servía para proveer ejemplos en las clases de retórica. Los Emblemas de Erasmo fueron importantes para la cultura jurídica que tanto sirvió a algunos de los egresados de Tlatelolco.

Grandes gramáticos

Gerónimo de Mendieta cita con orgullo el caso de un sacerdote español que llegó a México y tenía un gran prejuicio hacia los indios, consideraba imposible que pudieran siquiera saber las oraciones, como el Pater noster, en latín. Escogió este sacerdote, al azar, frente a otras personas, a un indígena, al cual le pidió que recitara el Padre nuestro y el Credo en latín. Después de que el indígena rezó lo que se le pedía, el arrogante clérigo se tomó la libertad de hacerle una observación gramatical al indio. ¡Pero era el sacerdote quien estaba equivocado! “Nato ex María Virgine”, decía el sacerdote. Y el indio le corregía: “Natus ex María Virgine”. Además, el indio le hizo ver la razón gramatical que fundamentaba la forma correcta: “Reverende pater, nato, cujus casus est?”. El sacerdote había dado con un colegial de Tlatelolco que sabía mucho más latín que él.

El dominio del latín, que era la lengua culta de Occidente, abría las puertas a los indígenas para el conocimiento de las ciencias, la filosofía, el derecho y demás saberes. El dominio que los escolares tenían del latín fue uno de los logros más valorados por los franciscanos. Este conocimiento profundo de la lengua les permitió, además, colaborar eficientemente con los religiosos en la traducción de confesionarios, doctrinas y tratados.

Traducir el mundo

El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco fue el sitio de diálogo intercultural por excelencia en la Nueva España. Por supuesto que dicho diálogo ocurría también en otros ámbitos: por ejemplo, el deán de la catedral de Puebla, Tomás de la Plaza, tenía amigos indígenas con quienes dialogaba de temas complejos. Así como lo hacía don Vasco de Quiroga con los nobles tarascos. Pero el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco era un ámbito en el que dicho diálogo ocurría de manera formal, sistemática y permanente. En buena medida, para eso era.

Llamativamente dos de los mejores conocedores de la lengua y la cultura náhuatl, fray Andrés de Olmos y fray Bernardino de Sahagún, fueron también maestros del colegio. Su estudio de la antigüedad indígena se apoyó en buena medida en la relación con sus propios alumnos. El dominio que estos franciscanos tuvieron de la lengua náhuatl y su capacidad para construir en ella fueron resultado de los beneficios recíprocos del diálogo desarrollado en el colegio.

Dicho de otro modo, el colegio servía para que los indios conocieran bien el latín, se expresaran en latín y profundizaran en las obras de la tradición occidental, y simultáneamente servía para que los frailes conocieran mejor las lenguas indígenas, se comunicaran mejor con los indios y conocieran sus tradiciones, su retórica, su religión. En los cursos ordinarios del colegio iniciaba el vínculo que se extendía luego fuera de los horarios de clase. Sahagún, por ejemplo, contó por muchos años con la compañía y la ayuda de sus antiguos alumnos para su proyecto enciclopédico y para la empresa de los Cantares mexicanos. Algunos de ellos, además de colaborar con su maestro, llegaron a ser profesores de latín en el colegio.

Entre los colegiales que maduraron intelectualmente en Tlatelolco y trabajaron con Sahagún, conocemos a Antonio Valeriano, Alonso Vejerano, Martín Jacobita, Pedro de San Buenaventura, Diego de Grado, Bonifacio Maximiliano y Mateo Severino.

Además de su colaboración para hacer comunicables los contenidos de la doctrina cristiana a las lenguas indígenas y para facilitar los estudios que los frailes hacían de las culturas originarias, los colegiales de Tlatelolco tradujeron del latín al náhuatl algunas obras importantes de la tradición occidental, como las Fábulas de Esopo; De Consolatione Philosophiae, de Boecio; el Flos Sanctorum; y la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis. Los originales latinos de Boecio y Kempis, que deben haber servido para estas traducciones, han sido detectados en listas de la biblioteca del colegio. Otra gran obra de traducción emprendida por colegiales de Tlatelolco, en compañía del padre Sahagún, fue la Psalmodia Christiana, que incluía versiones en náhuatl del Ave María, de pasajes evangélicos, de vidas de santos, de los salmos y otros textos.

Los códices

El códice conocido como Libellus de medicinalibus indorum herbis puede considerarse como un fruto directo de los estudios en el Colegio de la Santa Cruz. Fue elaborado por Martín de la Cruz, médico y maestro del colegio, y su alumno Juan Badiano. Para la elaboración de sus bellas imágenes, inspiradas en los herbarios de origen medieval pero aderezadas con componentes conceptuales pictográficos de tradición indígena, deben haber contado con algunos pintores nativos, cuya formación ocurrió en los talleres de artes y oficios de los franciscanos.

La compenetración en el trabajo de los colegiales de Tlatelolco y los artistas de las escuelas de artes y oficios dio varios frutos. Los primeros se ocupaban de la concepción, de la organización intelectual de los proyectos, y los pintores dialogaban con ellos sobre los contenidos y también sobre los modelos gráficos a utilizar. De alguna manera, los libros impresos eran el punto de enlace entre ambos grupos de indígenas: así, por ejemplo, los gramáticos del colegio escogían, leían y explicaban una enciclopedia como el Hortus Sanitatis de Johan von Cube, y sus paisanos y colegas de proyecto, los pintores experimentados, usaban las ilustraciones estampadas en el libro para decorar los pasajes correspondientes, agregando a menudo componentes de la antigua tradición del códice pictográfico.

Este es el procedimiento que nos ayuda a entender la obra etnográfica de Sahagún y el Códice Florentino en particular. Los artífices del proyecto intelectual enorme que fue el códice se conocieron en el colegio, y allí probaron sus herramientas de estudio y diálogo: Sahagún, Valeriano, Jacobita, etc. Muchos pintores, con diversos grados de conocimiento de la tradición pictográfica y diversos grados de asimilación de la tradición pictórica europea, colaboraron para producir una versión completa e ilustrada del manuscrito.

Algunos otros códices se pueden haber beneficiado del diálogo entre artistas y colegiales. Solo es importante recordar que la formación de los pintores era completamente ajena al sentido, grado y jerarquía que tenían los estudios superiores, y ocurrió en otra parte. No solo los códices: proyectos como el túmulo funerario en homenaje a Carlos I fueron resultado de una combinación del trabajo artístico –en este caso de la célebre escuela de artes y oficios de San José de los Naturales– y la guía intelectual y bibliográfica de los indígenas instruidos y los religiosos.

Erróneamente hemos pensado y afirmado que el llamado Mapa de Upsala era de alguna manera fruto del colegio, producido en sus instalaciones o en sus inmediaciones. Pero se trata de una aserción equivocada y carente de fundamento científico.

 

Si desea leer el artículo completo, adquiera nuestra edición #170 impresa o digital:

“El Imperial Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco”. Versión impresa.

“El Imperial Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco”. Versión digital.

 

Recomendaciones del editor:

Si desea saber más sobre la educación en la Nueva España, dé clic en nuestra sección “Vida Novohispana”.

Title Printed: 

El Imperial Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco