LOS CAFÉS EN LA HISTORIA DE MÉXICO

Refugio de conspiradores

Marco A. Villa

Cargado para soportar despierto las horas más oscuras, aunque también ligero, maridado con leche o con una buena porción de piloncillo o azúcar, el café fue una de las bebidas recurrentes entre los novohispanos que se congregaron en diversos espacios públicos y privados para conspirar contra la monarquía española durante los años previos al estallido de la guerra de Independencia en 1810. Entonces, no era un secreto que, además de “disipar la pesadez del estómago” o “la embriaguez” y alegrar el espíritu, era quizá la bebida más popular en los cafés de Querétaro, Guanajuato, la Ciudad de México u otras ciudades, ya sea durante una visita solitaria llena de lectura, una cita romántica, un recital de versos o una reunión de conspiradores.

Para entonces habían pasado casi dos décadas desde la expedición de aquella Real Orden española que eximía de impuestos a los “utensilios para el azúcar y los molinos de café” que desembarcaran en los puertos del Golfo de México tras cruzar el Atlántico, lo que sumó al rápido crecimiento de la costumbre novohispana de tomar café, así como de los expendios y “casas públicas” en los que los frutos de esta planta se procesaban o mercaban.

Así, mientras el consumo de café daba pasos acelerados hacia su consolidación como una cultura al despuntar el siglo XIX, en estos sitios, “asilos de ociosos o descanso de los ocupados”, como los calificara el Semanario Económico de México del 4 de enero de 1810, se acumulaban historias de subversión que también les valdría el mote de “sitios infames” en otras partes del mundo. Tan “abundosos y concurridos” desde aquellos días –escribe Clementina Díaz y de Ovando en Los cafés en México en el siglo XIX–, en los cafés públicos capitalinos, incluso en los más alejados de los portales y plazas céntricas, como los de La Merced o Tacubaya, entre trago y trago más algún panecillo no solo corrían las nuevas ideas entre los criollos sobre la futura independencia de la Corona, sino que también se alzaba la voz cuando se descargaban los “odios nacidos del miedo” cuando se traían a las barras y mesas los nombres de Napoleón y José, pero específicamente en la manera en que España enfrentaba la guerra contra los Bonaparte, según relata Luis González Obregón en La vida en México en 1910. Quizá este mismo tono se alcanzó después con las “perfidias” de Santa Anna, o antes con las decisiones de Iturbide o hasta Victoria y Guerrero.

En la Ciudad de México, entre estos “mentideros” refugio de “transgresores” destacaba el Café del Sur (en el Portal de Agustinos), el de Medina alojado en un predio de la calle San José del Real, el de la Fonda Italiana sobre Palma, o el de Veroly, en la confluencia de las vías Coliseo Viejo y Coliseo Nuevo. En estos, al fragor de una batalla de tresillo o dominó, ajedrez y hasta de carambola sobre algún maltrecho paño verde, estos individuos, desde los perennes hasta los acaudalados y perseguidos, de todas las clases y destinos, “voceaban en son de guerra” cada que intentaban emprender o continuar rebeliones, protestas, movimientos y en general golpes al orden establecido con el que estaban inconformes, una práctica que además evolucionó de acuerdo con las exigencias de cada época.

Y la historia tocaría de forma sobresaliente a algunos de ellos. A unas pocas cuadras de la Plaza Mayor, en las actuales 16 de Septiembre y Bolívar, se levantaba el Café de la Bella Unión en la planta baja del hotel del mismo nombre. De este recinto en el que, dicen, “se levantó la primera casa de ladrillo en México”, escribe Leopoldo Zamora Plowes en La comedia mexicana. Quince uñas. Casanova aventurero, publicado en 1945: “Es un edificio histórico: en sus habitaciones se firmaron varios tratados de paz entre gobiernos y pronunciados; allí se fraguó la rebelión de los polkos; de sus muros arrancó el busto de Santa Anna ante el pueblo enfurecido, en 1844”. Aunque haya que leerlo con reservas, lo cierto es que en los cafés gestaron infinidad de ideas que cristalizaron en protestas, rebeliones y movimientos contestarios a lo largo del siglo XIX, pero también cuando la Revolución y otros episodios subversivos más recientes.