Durante siglos, el abanico fue mucho más que un accesorio elegante. En manos de las mujeres, se convirtió en un código silencioso de seducción, complicidad y desafío. Mientras los hombres portaban espadas, ellas dominaban otro tipo de poder: el de comunicar lo prohibido a través del movimiento.
Desde las cortes europeas hasta la Nueva España, su uso no solo marcaba estatus, sino también carácter. En los retratos, aparece cerrado —símbolo de recato—, pero en la vida social podía transformarse en un lenguaje secreto cuidadosamente aprendido y ejecutado. Más que un accesorio, el abanico fue durante siglos un instrumento de comunicación secreta. Su movimiento —sutil, calculado— podía decir lo que la voz no debía pronunciar.
Cada detalle importaba: los materiales preciosos, la delicadeza de su estructura, el ritmo del vaivén. Nada era casual.
De objeto litúrgico a símbolo aristocrático
El abanico tiene orígenes antiguos y diversos, que se remontan a Oriente. Existen evidencias de su uso en civilizaciones como el antiguo Egipto, donde se empleaba en contextos ceremoniales y como símbolo de estatus, y en China, donde evolucionó tanto en materiales como en formas, incorporando papel, seda y estructuras plegables. Desde Asia, su uso se expandió a otras regiones a través de rutas comerciales, llegando posteriormente a Europa, donde fue adoptado y transformado en un objeto de lujo y refinamiento dentro de las cortes aristocráticas. Aunque existen antecedentes en múltiples culturas, en Europa llegó a través del comercio con Oriente.
Con el tiempo, fue adoptado por monarcas y nobles como parte esencial de su indumentaria. Su fabricación se volvió cada vez más sofisticada, utilizando materiales como:
• marfil
• oro
• madreperla
• sedas
• plumas
• carey
• piedras preciosas
Durante el siglo XVII, su uso se popularizó especialmente en Francia. Bajo el reinado de Luis XIV, la industria abaniquera se reguló y creció hasta consolidarse como un gremio especializado.
Para el siglo XVIII, la elaboración de un abanico implicaba la colaboración de múltiples artesanos: pintores, grabadores, ensambladores. Cada pieza era, en esencia, una obra de arte portátil.
Lo que pocos saben es que este lenguaje fue incluso codificado en manuales, donde cada gesto tenía un significado preciso. Un desliz sobre la mejilla, un cambio de mano, una apertura lenta… todo podía alterar el curso de una conversación —o de un romance.
• En 1797, Carlo Francesco Badini publicó Fanology, una compilación de gestos y significados.
• En 1798, Robert Rowe creó The Ladies Telegraph, un abanico con alfabeto integrado para formar mensajes.
• En 1830, Jean Pierre Duvelleroy publicó Le langage de l’éventail, popularizando este código en toda Europa.
Incluso, algunos abanicos incluían tarjetas con instrucciones para su uso.
Ecos en Mesoamérica
Aunque solemos asociar el abanico con Europa, en Mesoamérica también existían objetos similares. Los ecacehuaztli, elaborados con finos plumajes, eran utilizados por gobernantes, sacerdotes y guerreros. Además de su función práctica, tenían un profundo significado simbólico: estaban vinculados a lo divino y se consideraban objetos de protección.
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Anatomía del abanico
Un abanico está compuesto por varias partes fundamentales:
• País: la superficie semicircular plegable, hecha de tela, papel o plumas.
• Varillaje: la estructura rígida que sostiene el abanico.
• Guardas: las piezas exteriores más gruesas que protegen el mecanismo.
• Ojo: el punto de unión donde se articulan las varillas.
• Ribete o puntilla: decoración en el borde, que añade elegancia y movimiento.
Cada elemento cumple una función tanto estética como mecánica, permitiendo ese gesto tan característico: el vaivén.
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El lenguaje del abanico
Tras la Conquista, el abanico europeo llegó a América y se integró en la vida cotidiana de la Nueva España. Sin embargo, no cualquier abanico era aceptado: aquellos con imágenes consideradas indecorosas podían ser prohibidos.
En los retratos virreinales y del siglo XIX, las mujeres suelen aparecer sosteniéndolo cerrado, un gesto que transmitía modestia, decoro y rectitud.
Pero en otros contextos, el abanico se convertía en un auténtico código secreto.
Algunos mensajes según Jean Pierre Duvelleroy:
• Sostenerlo frente al rostro: sígueme
• Deslizarlo sobre la mejilla: te quiero
• Apoyarlo en la mejilla derecha: sí
• Apoyarlo en la izquierda: no
• Abanicarlo despacio: estoy casada
• Abanicarlo deprisa: estoy comprometida
• Tocarlo con el dedo: quiero hablar contigo
• Llevarlo a los labios: bésame
• Dejarlo caer: seguiremos siendo amigos
• Arrojarlo: te odio
Este sistema convertía cualquier encuentro social en un juego de miradas, gestos y complicidades. Si quieres seguir conociendo de este lenguaje secreto y letal, te invitamos a consultar el artículo completo en la revista #156
¿Cómo citar este artículo?
Monserrat Ugalde Bravo, “El abanico. Los secretos de un poderoso lenguaje”, Relatos e Historias en México, núm. 156, Octubre, 2021, pp. 30-33.

