• jueves, 15 de noviembre de 2018.

Leona Vicario VI

Por: Celia del Palacio Montiel

Cuando los franceses pretendían invadir a México en la llamada “Guerra de los pasteles” en 1838, Leona y Andrés dispusieron la entrega de caballos y cargas de maíz, además de todo lo necesario para la marcha cómoda de una división. Andrés incluso estaba dispuesto a ir a pelear él mismo si fuera necesario.

Tres años más tarde, cuando Santa Anna fue nombrado de nuevo presidente en 1841, pidió a Andrés negociar con los yucatecos para que aquel estado no se separara de la república. Él salió hacia Yucatán en noviembre y una vez cumplida su misión, fue secuestrado por los tejanos que buscaban la separación de Yucatán, siendo liberado hasta enero de 1842. Para entonces, Leona se encontraba enferma, al cuidado de su hija Dolores. A pesar de todos los esfuerzos, el 21 de agosto de 1842 murió en su casa, en los altos de la Calle de los Sepulcros, a las nueve de la noche.

Santa Anna decretó que se le hicieran funerales de estado y acompañó el cortejo. Muchos años estuvieron los restos de doña Leona en el Panteón de Santa Paula, pasaron luego a unirse con los de su esposo en la Rotonda de los Hombres Ilustres y actualmente descansan en la Columna de la Independencia.

Doña Leona recibió honores en vida y se le reconoció su labor a favor de la insurgencia, sin embargo, a medida que pasaron los años, su figura fue borrándose poco a poco de la memoria popular. Su nombre está grabado en letras de oro en el recinto del Congreso y varias escuelas o pequeños pueblos se llaman como ella, sin embargo su labor a favor de la insurgencia y su valor para defender su derecho, son poco conocidos hoy.

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Leona Vicario” de la autora Celia del Palacio Montiel y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 32.

 

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