HERMILA Y BELÉN CONTRA EL SILENCIO

Carmen Saucedo Zarco

No podríamos hablar del periodo de la Revolución mexicana sin hablar también del feminismo. En medio de las disputas armadas y los proyectos de nación —como el magonismo, el zapatismo, el villismo o el carrancismo— existió otro movimiento que, aunque menos visible en los relatos oficiales, tuvo su propio camino, sus consignas y una profunda razón de ser: el feminismo, la lucha de las mujeres.

A la par de las luchas políticas y militares, muchas de ellas se integraron a distintos frentes revolucionarios, apoyando diversas causas. Pero, incluso dentro de esas estructuras, llevaban consigo otra batalla: la de la equidad de género. Una lucha silenciosa en apariencia, pero persistente, que no siempre marchaba en sintonía con los proyectos masculinos de poder.

Ese impulso no fue inmediato ni lineal. Se construyó desde la escritura, la educación, el arte, la protesta y la participación política, hasta materializarse —al menos en una primera conquista— a mediados del siglo XX, con el reconocimiento de la ciudadanía y los derechos electorales para las mujeres en México.

En ese horizonte de transformación emergen dos figuras imprescindibles: Hermila Galindo y Juana Belén Gutiérrez, cuyas trayectorias permiten entender que la Revolución también se escribió en clave femenina.

En los años más convulsos de la Revolución mexicana, cuando la palabra “ciudadanía” aún excluía a la mitad del país, dos mujeres decidieron hacer lo impensable: tomar la voz, ocupar el espacio público y desafiar un sistema que un sistema que las invisibilizaba o, cuando le convenía, las utilizaba como engranajes del orden establecido.

Una se postuló como diputada cuando las mujeres ni siquiera podían votar.
La otra convirtió la prensa en un arma y pagó con cárcel su rebeldía.

Esta es la historia de Hermila Galindo y Juana Belén Gutiérrez, dos figuras clave —y aún poco reconocidas— de la lucha feminista en México.
 

Hermila Galindo: la candidata imposible

En 1917, mientras México estrenaba Constitución, Hermila Galindo rompía todos los límites imaginables: se postuló como candidata a diputada en la Ciudad de México.

El escándalo fue inmediato.

En una época donde se afirmaba que las mujeres eran “ignorantes” o manipulables, su candidatura desató burlas, críticas y ataques. Pero Hermila no retrocedió. Respondió con argumentos, con historia y con una convicción radical para su tiempo:
si las mujeres tenían las mismas necesidades que los hombres, debían tener también los mismos derechos.

No ganó la elección.
Pero hizo algo más importante: abrió una grieta en el sistema.

Maestra, escritora, diplomática y feminista, defendió la educación sexual, la participación política femenina y la igualdad intelectual entre hombres y mujeres, décadas antes de que estas ideas fueran aceptadas.

Su lucha no vería frutos inmediatos. El voto femenino en México llegaría hasta 1953.
Ella moriría un año después.

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Juana Belén Gutiérrez: escribir como resistencia

Décadas antes de que el feminismo se nombrara como tal, Juana Belén ya lo ejercía, de un modo muy ilustrado a lo Kant: escribiendo.

Nacida entre minas, pobreza y desigualdad, aprendió desde joven que la injusticia no era abstracta: tenía rostro, tenía cuerpo. Y decidió combatirla con lo único que tenía a la mano: la palabra.

Fundó Vésper, uno de los primeros periódicos políticos dirigidos por una mujer en México. Recordemos que durante la época novohispana, aunque había mujeres impresoras, éstas firmaban en “anónimo” o peor aún, como: “la esposa de…(apellido del negocio familiar de la imprenta) y,  ejercían  Su periódico lo usó como arma de denuncia,  desde ahí le tiró al régimen de Porfirio Díaz, al poder eclesiástico y a las estructuras de opresión.

El precio fue alto: persecución, cárcel y exilio.

Pero eso no la detuvo.

Se unió al movimiento revolucionario, colaboró con el maderismo, rompió con los liberales magonistas y terminó luchando junto a Emiliano Zapata, quien la nombró coronela. Desde ahí defendió el reparto agrario, la educación y los derechos de campesinos e indígenas.

Murió en la pobreza, en 1942.
Su máquina de escribir —con la que combatió durante toda su vida— tuvo que ser vendida para pagar su entierro.

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Una lucha que no empezó en 1953

Las historias de Hermila y Belén nos obligan a mirar más atrás.

El derecho al voto femenino en México no fue una concesión repentina ni un gesto moderno: fue el resultado de décadas de acciones, resistencia, pensamiento y de la existencia de mujeres que desafiaron todo.

Ellas escribieron, hablaron, marcharon, se postularon, fueron encarceladas y ridiculizadas. Pero no se callaron. Lee sus historias completas en el número 209 de la revista.

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Disruptivas y revolucionarias

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Marzo 2026
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