• jueves, 15 de noviembre de 2018.

El fusilamiento del general insurgente Mariano Matamoros

Por: Natalia Arroyo Tafolla

 

Sin Mariano Matamoros quizá no hubieran sido posibles las victorias de José María Morelos sobre el ejército realista. En enero de 1814, durante su última batalla, en Puruarán, Matamoros fue hecho prisionero por los realistas y sometido a un juicio eclesiástico-militar en Valladolid. El principal lugarteniente de Morelos pertenece a la pléyade de sacerdotes y frailes que ocultaban admirables dotes militares, que fueron reveladas hasta el momento en que la guerra por la independencia los llamó a empuñar las armas. Su inteligencia fue decisiva en las victorias de los insurgentes y por ello fue condenado a muerte, a pesar de que Morelos le ofreció al virrey Félix Calleja 200 prisioneros españoles a cambio de la vida de su teniente general, de su “brazo derecho”, como él lo llamaba.

 

Mariano Matamoros y Guridi nació en la ciudad de México en 1770. Estudió en el colegio de Santiago Tlatelolco para ordenarse sacerdote en 1796. Fue cura en distintas parroquias hasta que en 1811, encargado de Jantetelco, lo alcanzó la guerra y se unió al ejército de Morelos en Izúcar (hoy en Puebla), para acompañar al caudillo en sus campañas militares. Con él estuvo en Cuautla, en la campaña de Oaxaca, persiguió a los realistas hasta la frontera con Guatemala y, junto al generalísimo, fue derrotado en Valladolid (Michoacán) en diciembre de 1813, y al siguiente mes, con Galeana y Nicolás Bravo, en Puruarán. Sólo él fue capturado; el juicio y los interrogatorios se prolongaron para escarmiento de los otros. Manuel Abad y Queipo, obispo electo de Michoacán, decretó que el teniente general de los insurgentes no sólo era reo por apostasía, lesa majestad y alta traición, sino por su principal apoyo a la insurrección y porque había sido “causa eficiente y moral de una serie de males incalculables” al sostener en sus escritos –y con la espada– que la rebelión en Nueva España era justa y legítima.

 

Fue pasado por las armas casi al mediodía del 3 de febrero de 1814, en la plaza de Valladolid, mientras más de 3 000 hombres vigilaban las calles adyacentes. A diferencia de lo que sucedió con los restos de los primeros caudillos de la insurgencia, el cadáver de Matamoros no fue cercenado ni expuesto públicamente, sino que de inmediato fue sepultado en la iglesia de la Tercera Orden en aquella ciudad. Hoy sus restos descansan en la Columna de la Independencia de la ciudad de México.

 

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “El mes de la bandera” de la autora Natalia Arroyo Tafolla y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, número 66. Cómprala aquí.