• 29-jul-2021.

El enigma de la rendición de Moctezuma

Luis Barjau

A lo largo de los siglos se ha difundido la idea de que Moctezuma se rindió ante Hernán Cortés atemorizado por los malos augurios y la creencia en el retorno de Quetzalcóatl. Pero es muy difícil suponer tal candidez si él era la representación terrena del dios Tezcatlipoca, jefe máximo del ejército mexica y supremo sacerdote del imperio.

 

El año de 1519 implicó un trastorno, una catarsis y una transformación de las expectativas de Moctezuma frente a su reinado, por las impactantes noticias de la llegada de los españoles. Supo del arribo de Francisco Hernández de Córdoba en 1517 y de la batalla de Potonchán, “la bahía de la mala pelea”; del siguiente viaje en 1518 de Juan de Grijalva y de su arribo a la isla de Cozumel, de su llegada a la isla de Sacrificios en Chalchicuecan (Veracruz). Y lo más alarmante, de la llegada de Hernán Cortés de 1519, en once navíos, también a Cozumel y de inmediato a Centla, Tabasco, donde ocurrió una cruenta batalla con ochocientos chontales tendidos y algunos españoles. Que este saldo de ambas partes no pudo haber sido considerado con la intervención de un dios conocido. Un primer hecho a propósito para dudar sobre la inmediata asociación de los españoles con Quetzalcóatl.

Los motivos de alarma aumentaron. Por sus enviados a cobrar el tributo que asiduamente le pagaba el reino totonaco de Cempoala, Moctezuma supo de la alianza establecida entre aquellos y los españoles. Este hecho sí era una verdadera amenaza al imperio tenochca, considerablemente mayor que la sola presencia de un puñado de visitantes extranjeros. Si Cempoala se aliaba con ellos desataría una reacción en cadena de todos los pueblos sometidos por Mexico-Tenochtitlan. La preocupación de Moctezuma estaba bien fundada. Eso fue lo que ocurrió a continuación.

Es posible que en el famoso desconcierto y angustia del monarca, particularmente subrayados en varias crónicas (y que fuera la base para la calificación de Moctezuma como cobarde y pusilánime) hubiera sido este hecho de las alianzas lo que pesara más en su ánimo. Uno tras otro, los reinos sometidos por Tenochtitlan, después aliados de los españoles, conformarían un ejército invencible. De hecho, Tetzcoco, miembro de la Triple Alianza que el tlatoani lideraba, también terminó aliándose con Cortés en la batalla final.

A Cempoala le siguió Tlaxcala, la gran fortaleza enemiga que nunca se sometió. Después de Tlaxcala, Cholula, doblegada a sangre y fuego. A continuación, todos los reinos en la ruta española del Golfo hacia la meseta central. El proceso de las alianzas duró tres meses.

Aunado a esos hechos incontrovertibles estaban las coincidencias calendáricas y cosmológicas que configuraban el ideario básico de la religiosidad, de la cual él era el representante, el tlatoani percibido por el pueblo como un dios. Los señalamientos calendáricos recordaban que se cumplía un ciclo de 52 años. Fecha canónica, Fuego Nuevo, festejada con un ritual que exorcizaba el terror cósmico de sacerdotes y feligreses. Moctezuma mismo se acercaba a esa edad. Se preveía el cambio, con la derrota de la Edad que imperaba comandada por Tezcatlipoca, quien sería substituido en la siguiente Edad por Quetzalcóatl. La relación popular de los españoles con esta deidad se basaba en la sucesión de los Soles o Edades. Todo apuntaba hacia el fin trágico del mandato del tlatoani con su imperio de México-Tenochtitlan.

En consonancia con estos hechos alarmantes pronto intervinieron las creencias ultraterrenales, mágicas y proféticas, firmemente arraigadas en la idiosincrasia indígena.

La primera intervención fue la del tlatoani de Tetzcoco, Nezahualpilli, principal de la entera confianza de Moctezuma y su sobrino, quien gozaba de gran prestigio por su sabiduría y su visión sobre los asuntos sociales, políticos y del culto sagrado de los reinos. Principal que estaba, según Diego Durán (Porrúa, 1967, tomo II, cap. LXI, p. 459) “en opinión de nigromántico o hechicero […] el cual le declaraba muchas cosas oscuras y por venir”.

Un día se presentó el tetzcocano inesperadamente en el palacio de Moctezuma, para su gran sorpresa e interrupción de sus meditaciones. Le declaró la causa de su visita y Moctezuma lo condujo al Salón de la Oscuridad, donde reflexionaba sobre los más graves asuntos del reino.

“Poderoso señor –le dijo Nezahualpilli–, mucho quisiera no inquietar tu ánimo poderoso, quieto y reposado, pero fuérzame la obligación que tengo de te servir y darte cuenta de una cosa extraña y maravillosa, que, por permiso y voluntad del señor de los cielos, de la noche y el día y del aire, ha de acontecer en tu tiempo. Por lo cual, debes estar avisado y advertido y con mucho cuidado, porque yo he alcanzado por cosa muy verdadera que de aquí a muy pocos años, nuestras ciudades serán destruidas y asoladas; nosotros y nuestros hijos, muertos, y nuestros vasallos, apocados y destruidos. Y de esto no tengas duda.

“Y para más verificar lo que te digo, y para que conozcas ser verdad, sé muy cierto que jamás que quisieres hacer guerra a los huexotzincas, tlaxcaltecas o cholultecas alcanzarás victoria; antes los tuyos serán siempre vencidos, con pérdida de tus gentes y señores.

“Y más te digo: que antes de muchos días verás en el cielo señales que serán pronóstico de lo que te digo. Y no por eso te desasosiegues ni inquietes, que lo que ha de suceder, es imposible huirle el rostro”.

Desde luego, sobre atacar Huejotzingo, Tlaxcala o Cholula, Moctezuma sabía que era imprudente. Tlaxcala era su enemiga de siempre y a la que nunca había podido someter y con la cual mantenía un pacto no escrito de no agresión desde mucho tiempo atrás. Huejotzingo había derrotado a los guerreros mexicas en enfrentamiento con sus antecesores en el reinado. Cholula fue sometida por Cortés. De modo que la previsión de Nezahualpilli al respecto y como testimonio de sus predicciones, no significaban ninguna prueba.

 

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Luis Barjau. Antropólogo y maestro en Etnología; realizó estudios de posgrado en Sociología en la Universitá Degli Studi di Roma, Italia. Ha sido investigador y director de etnohistoria del INAH. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores y autor de numerosos ensayos sobre el México prehispánico, así como de los libros Voluntad e infortunio en la Conquista de México, La conquista de la Malinche y Hernán Cortés y Quetzalcóatl, entre otras obras.

 

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