• 18-sep-2019.

De Huerta a Carranza, las maniobras alemanas en México

Carlos Martínez Assad

 

La Revolución mexicana se desarrolló a la par de la Primera Guerra Mundial. En 1915, mientras en nuestro país continuaba la guerra de facciones, en el Viejo Continente el sofisticado armamento utilizado cobraba cientos de miles de vidas. El gobierno alemán inició una guerra submarina “ilimitada” en enero de 1917, principalmente para bloquear el comercio de Gran Bretaña. El plan involucraba a México con promesas de cooperación en la guerra y la paz si se decidía a apoyarlo.

 

 

Huerta

 

En febrero de 1915 un agente del servicio secreto alemán, Franz von Rintelen, visitó a Victoriano Huerta en Barcelona y le ofreció la ayuda de Alemania para regresarlo a la presidencia de México. El razonamiento de los germanos no resultaba descabellado porque, ya para ese año, la posibilidad de que Estados Unidos se involucrara en la Gran Guerra era muy alta.

 

El tener como amigo al gobierno de México le permitiría a Alemania contar con una base de operaciones en el hemisferio occidental, si llegaba a necesitarla, y al mismo tiempo mantener ocupado al gobierno de Woodrow Wilson con asuntos en su frontera. Así, ante la amenaza de un gobierno hostil tan cercano, el ejército de Estados Unidos se mantendría lejos de los Aliados, con todo lo que eso significaba. Aunque Huerta y Von Rintelen probablemente no llegaron a un acuerdo en firme en su junta de febrero, la posibilidad de tener respaldo financiero ilimitado no fue rechazada por el mexicano exiliado.

 

Cuando Enrique Creel llegó a España discutió con Huerta las conveniencias de la propuesta alemana. Los hechos que ocurrieron más tarde indican que su decisión de aceptar la ayuda de los alemanes fue el último toque para asegurar el éxito de la planeada (contra) revolución. Huerta y Creel salieron juntos de España a finales de marzo, en el vapor español López. Su partida y destino fueron publicados en la prensa. Aun antes de su llegada a Nueva York, fijada para el 12 de abril de 1915, Enrique Llorente, el representante en Washington del villismo, protestó que “en vista de las actividades de los partidarios y adherentes de Huerta, en los estados norteamericanos de la frontera”, a Huerta y a Creel no debía permitírseles desembarcar.

 

Huerta empezó a sostener conferencias con agentes del servicio secreto alemán casi inmediatamente después de su llegada. Además de restablecer contacto con Von Rintelen, quien lo había precedido a su llegada a Nueva York, el expresidente también tuvo juntas frecuentes con dos miembros de la embajada germana: el agregado naval Karl Boy-Ed y el agregado militar Franz von Papen. Fue en estos días cuando Huerta informó a Von Rintelen que “sus amigos estaban organizando otra revolución, pero les hacían falta armas, o, en otras palabras, dinero”.

 

Al mismo tiempo, la prensa alemana empezó a dar indicios de que algo podía suceder en un futuro próximo. El Frankfurter Zeitung informó a mediados de abril de 1915:

 

“Las condiciones en México desafían cualquier descripción […] es difícil suprimir los sentimientos de amargura contra aquellos [Estados Unidos] que atizaron el fuego que se apagaba cuando pudieron haberlo extinguido […] Huerta, aunque no era un santo, representaba el menor de los males […] Hay un vestigio de esperanza en el informe que nos dice que Huerta ha dejado su exilio en España y se ha ido a Sudamérica [sic]. Si alguien puede salvar al país es este hombre de hierro […] No debemos perder la vista de México, aun en las tormentas de la presente guerra, porque México llegará a ser el centro de un gigantesco poder mundial.”

 

Es difícil determinar concretamente el papel que desempeñaron los diferentes funcionarios alemanes envueltos en la conspiración. El conde Johann Heinrich von Bernstorff, embajador de Alemania en Estados Unidos, negó haber estado involucrado; tal negativa es lo que cabe esperar de un ministro y la evidencia sugiere que la conspiración fue obra de militares alemanes y que el personal de la embajada no estaba completamente enterado de los detalles, como señala Michael Meyer. Sin embargo, tiempo después el secretario de Estado, Robert Lansing, dio testimonio del involucramiento del conde.

 

El capitán Franz von Papen, que había sido agregado militar de la embajada alemana en México, parece haber sido la figura principal en el complot. Había estado varias ocasiones en nuestro país durante la presidencia de Huerta, antes de asumir su cargo en Estados Unidos, por lo que es fácil suponer que conocía el terreno. Una de sus tareas en México había sido convencer al ministro alemán, Paul von Hintze, quien no sentía respeto por el presidente mexicano, de que era preciso cultivar la amistad con Huerta. Un año más tarde, en Estados Unidos, ese interés pagaría dividendos.

 

El acuerdo final entre los conspiradores y el gobierno alemán fue sellado a finales de abril o principios de mayo. Los patrocinadores germanos de Huerta depositaron 895 000 dólares en diferentes cuentas bancarias y prometieron proveer diez mil rifles, aunque el total con que se comprometieron los alemanes se acercaba a los doce millones de dólares. También se acordó que “si Huerta llegaba a ser presidente otra vez, ellos [los alemanes] lo apoyarían en la guerra y en la paz”, como indica Meyer. A los exiliados de la frontera solo les quedaba fijar la fecha para la revolución y se escogió el 28 de junio de 1915.

 

El plan de Carranza

 

Para inicios de 1917, Carranza, entonces encargado del poder Ejecutivo, tenía esperanzas de que, al concluir la guerra con una Alemania victoriosa, podría vencer tanto el bloqueo económico de Estados Unidos como a sus enemigos internos. Quizá eso ayude a explicar por qué, en el contexto de la Gran Guerra, los servicios secretos de Gran Bretaña y Estados Unidos lograron interceptar el telegrama de Arthur Zimmermann al conde Bernstorff, en enero de ese año. Allí, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania proponía un plan para “hacer la guerra submarina sin restricciones”, involucrando a Japón para atacar a Estados Unidos desde México, y a cambio, el gobierno de Carranza podría recuperar los antiguos territorios de Texas, Nuevo México y Arizona.

 

La revelación del telegrama logró poner fin a cualquier sentimiento germanófilo en Estados Unidos y los alineamientos quedaron mejor definidos al influir definitivamente en el ingreso de este país en la contienda que hasta entonces era europea, aunque estableciendo sus dispositivos para su influencia determinante en el hemisferio, como lo dejaba claro su involucramiento en la Revolución mexicana.

 

Según expresó el periodista estadounidense Carl W. Ackerman, en su libro Mexico’s Dilemma (1918), el asunto estaba relacionado con una fuerte actividad de los alemanes en México. También elogiaba al expresidente Porfirio Díaz porque con él México se había convertido en una nación respetable: “Sus innumerables riquezas atrajeron a ingleses, franceses y estadounidenses”, así como a alemanes y austriacos, y su inmigración aumentó luego de la revolución que acabó con el poder de Díaz. Asimismo, calificaba las actividades de Alemania en México de “honestas y deshonestas”, pues ese país esperaba contar con Carranza para una posible invasión a Estados Unidos, tal como fue sugerido por Zimmermann, a cambio de recuperar sus territorios perdidos.

 

De acuerdo con Ackerman, cuando el gobierno de Carranza controló Tampico, el general Manuel Peláez era el líder que dominaba sobre los campos petroleros. La autoridad carrancista se extendía solo cerca de trece kilómetros desde los límites de la ciudad a lo largo de las vías férreas hasta Monterrey. En dirección a la capital del país, las vías estaban bloqueadas, mientras que los oficiales carrancistas controlaban los ductos y tanques cercanos a Tampico. Del otro lado de la zona neutral, en tierra de nadie, podían verse los soldados de Peláez, quien controlaba todo el sistema petrolero. “Peláez tenía los impuestos de la producción, Carranza los de la exportación”, refiere Ackerman.

 

El ejército de Peláez se calculaba en más de 20 000 elementos que dependían de las cuotas de 40 000 dólares mensuales de las compañías petroleras. Carranza, por su parte, conseguía 100 000 dólares en impuestos mensuales de parte de la Huasteca Petroleum Co. y otro tanto de los negocios del británico Weetman Pearson, lord Cowdray, en la minería.

 

Durante la guerra mundial a nadie convenían los controles de Carranza sobre el petróleo, pero se temía que los generales lo tuvieran en los campos porque podrían caer bajo la influencia de Alemania. Las compañías se oponían a la política estadounidense de mantener el embargo del material de guerra debido a que el gobierno temía el ataque de Peláez a dichas empresas. Por tanto, la única forma de mantener la paz sería no proporcionarle armas a dicho general.

 

Asimismo, se interceptaron notas en agosto de 1917 del comando militar del llamado Ejército Revolucionario, División Peláez, firmadas por su jefe Juan Casiano Enríquez, en las que urgía a los representantes de las compañías para que en un periodo de doce días cubrieran sus “deudas” para no verse obligados a actuar como lo consideraran conveniente. Podía leerse como cínico su lema: “Libertad, Justicia y Ley”.

 

En 1917, durante seis meses, México envió a Estados Unidos más de veinticuatro millones de barriles de petróleo, es decir, tres millones mensuales, cuando el país se quedaba apenas con algo equivalente al diez por ciento de esa producción y el veinticinco se destinaba a otras naciones.

 

En suma, el involucramiento de Estados Unidos en la Gran Guerra envolvió a México. El costo del alineamiento fue más alto todavía cuando la epidemia de influenza española, traída por soldados estadounidenses, tocó al país, provocando miles de muertes en los últimos meses de 1918.

 

Pese a todo, México salió bien librado y al lado de los Aliados: Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, que derrotaron a Alemania. Los primeros se hicieron cargo del reparto de lo que quedó del Imperio otomano. El mapa europeo también cambió con el desmembramiento del Imperio austrohúngaro y el desplazamiento de miles de migrantes hacia diferentes países, en particular Estados Unidos y el conjunto del continente americano.

 

Cuando terminó la guerra en 1918, la resultante crisis humanitaria fue considerada la más fuerte hasta entonces conocida. De este modo, el mundo había pasado por un episodio que nadie pensó que pudiera repetirse.

 

El telegrama que definió la Gran Guerra

 

“Proponemos a México una alianza sobre las siguientes bases: dirección conjunta de la guerra, tratado de paz en común, abundante apoyo financiero y la conformidad de nuestra parte para que México reconquiste sus antiguos territorios en Nuevo México, Texas y Arizona”, señalaba el telegrama cifrado que Arthur Zimmermann, ministro de Relaciones Exteriores del Imperio Alemán, dirigió en enero de 1917 a su embajador en México, con el fin de comunicárselo a Venustiano Carranza, encargado del poder Ejecutivo. Debido al carácter extremadamente secreto del documento, tuvo que ser enviado a través del embajador alemán en Estados Unidos; a pesar de ello, fue interceptado por espías británicos que lograron descifrar el mensaje.

 

El Telegrama Zimmermann tuvo trascendencia mundial, pues dio pie a la entrada de Estados Unidos a la Gran Guerra del lado de los Aliados, lo cual sería determinante para la derrota de Alemania.

 

 

Esta publicación es sólo un extracto del artículo "La primera Guerra Mundial y los intereses alemanes en México" del autor Carlos Martínez Assad que se publicó en Relatos e Historias en México número 124. Cómprala aquí