• martes, 25 de junio de 2019.

Amado Nervo

Cartografía urbana
Por: Jaime Bali Wuest

Col. Santa María La Ribera, Del. Cuauhtémoc, C.P. 06400

 

Salí a la calle alborozadamente

mientras tú te asomabas a la puerta

mirándome encendida y sonriente.

Yo ya me despedía... y palpitante

cerca mi labio de tus labios rojos,

«Hasta mañana», susurraste;

yo te miré a los ojos un instante

y tú cerraste sin pensar los ojos

y te di el primer beso: alcé la frente

iluminado por mi dicha cierta.

Volví la cara en dulce arrobamiento,

y sin dejarte de mirar siquiera,

salté a un tranvía en raudo movimiento;

y me quedé mirándote un momento

y sonriendo con el alma entera,

y aún más te sonreí... Y en el tranvía

a un ansioso, sarcástico y curioso,

que nos miró a los dos con ironía,

le dije poniéndome dichoso:

-«Perdóneme, Señor esta alegría.»

 

Resulta difícil con el paso de los años imaginar que este escenario siga presente hasta nuestros días, pero sí, aquí sigue en esta tierra, los que ya no están son los que afinan así la lira. Amado Nervo, ese que llevaba en cuerpo y alma nombre de poeta, vivió en una época llena de presagios que anunciaban el fin del mundo o por lo menos, como siempre ocurre, la llegada de una nueva época. Era verdad, estaba cerca al doblar de la esquina el nuevo siglo y el anuncio de una nueva era. El bardo de Nayarit nació, en el año 70 del XIX, cuando en las calles de la  ciudad de Tepic caía, por ser agosto, el sol a plomo, en día 7, para suerte de las letras. Y como en esos tiempos la gente se moría sin avisar, atravesada por un resfriado que hoy ya tiene números y letras, Amado, el muchacho que apenas asomaba al filo de la mesa, quedó huérfano cuando todavía no sabía su suerte de poeta. Llegó el día en que partió en rauda diligencia rumbo a la michoacana Zamora, llevando la bendición de su madre quien esperaba ver, en el “arquitecto de su propio destino”, un cura hecho y derecho, pero el tiempo que suele servir de consejero lo empujó para hacerse de mundo y cambió el credo por la pluma. Periodista y poeta en Mazatlán por el año del 91; después en 94, ya en la Ciudad de México, donde reinició sus estudios, alternó en las páginas de la revista Azul con grandes de las letras, como Urbina, Pagaza, Othón, Gutiérrez Nájera e incluso Rubén Darío. Junto con Jesús Valenzuela  fundó  poco después la Revista Moderna y salió de la imprenta su primer libro de versos con el título de Místicas. Todo sobre ruedas, salvo la desventura de su hermano muerto, que le hace escribir un día

Yo he visto el rayo verde, que trae ventura. Lo vimos en una playa mazatleca mi hermano y yo, una tarde de julio...

Después del libro, su sueño de París, ahora como corresponsal de El Mundo a la exposición Universal de la Ciudad Lux en 1900, Amado Nervo, uno de los escritores más prolíficos, quien practicó los más diversos géneros, fue al encuentro con el destino. Allá, además de encontrarse con Verlaine, Wilde y reafirmar su amistad con Darío, conoció al amor de su vida: Ana Cecilia Luisa Dailliez.

Romántico y místico, armado de sentimientos religiosos y de una prosa luminosa, mientras hacía versos, ensayos y novelas, trabajó en distintas trincheras: el periodismo, el magisterio y la diplomacia; esta última lo llevó de aquí para allá. Los vaivenes de la política y la guerra lo pusieron en aprietos, pero ninguno como la muerte prematura en 1912, de Ana, La amada inmóvil, la que “Era llena de gracia como el Ave María”.

 

“Amado Nervo” del autor Jaime Bali Wuest y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 22.