¡A las armas, fronterizos!

El Ejército del Norte y la caída del Imperio de Maximiliano

Celeste Bernal González

La víspera del Día de Acción de Gracias y Alabanza de 1864, el general Mariano Escobedo llegó a Washington D. C. Algunos diarios de la época registraron que por esos días llovía incesantemente y el frío característico de finales de noviembre calaba hasta los huesos. Se hospedó en un hotel del centro. La naturaleza de la misión que llevaba a cuestas apenas le permitió dormir. Cuando despuntó el alba por fin lo venció el sueño. Se despertó a media mañana y se preparó para la reunión que tendría más tarde. Poco después de las 15:00 horas se presentó en la residencia de Matías Romero, enviado extraordina rio y representante del gobierno de México en aquella ciudad. Ahí se encontraban otros compatriotas exiliados quienes, como él, acudían en busca de consejo y amparo diplomático. Luego de un rato los otros visitantes se retiraron y sólo quedó Escobedo, quien expuso al ministro el motivo de su viaje:
[…]
Decidió trazar un plan para organizar una fuerza armada. Comprendió que había llegado la hora de tomar las riendas, pues él mejor que nadie conocía aquella parte del territorio. Su experiencia previa como arriero le permitió recorrer los caminos de las sierras y el desierto y conocer las rutas; observar las condiciones naturales del terreno y las variaciones climáticas de la región.

Por otra parte, confiaba en su destreza en el uso de las armas. A diferencia de otras figuras militares  que destacaron en esa época, Escobedo se formó durante una década de combate a las tribus de indios hostiles que arrasaban con violencia las villas y pueblos del estado; aunque el parteaguas en su trayectoria ocurrió durante la revolución liberal de Ayutla (contra la dictadura de Santa Anna) cuando se enroló en las filas de la “Milicia Nacional de Nuevo León Restauradora de la Libertad”, que el caudillo nuevoleonés Santiago Vidaurri integró al Ejército del Norte en 1855.