Al comenzar la tercera década del siglo XIX, Agustín de Iturbide era el hombre más popular de México. Tenía un respaldo social y político enorme, nunca visto. Incluso después de que renunció a la corona imperial y salió al exilio, muchas personas lo seguían viendo como el padre de la patria y creían que era un mexicano ejemplar. En cambio, en esos mismos años, el nombre de la monja poeta y filósofa Sor Juana Inés de la Cruz era completamente desconocido. Solo unos cuantos estudiosos de la literatura sabían quién era y no tenían una buena opinión de su obra. Con el paso del tiempo, Sor Juana sería admirada y reconocida. En cambio, Iturbide terminó desterrado del panteón de la patria. Algo semejante ha sucedido con el gobierno y con la persona de Porfirio Díaz.