• 19-jul-2019.

Micaela Soto Mayor

El dramático episodio en la vida de la joven
Alfredo Ávila Rueda

En 1823, gracias al apoyo de Micaela, los generales Vicente Guerrero y Nicolás Bravo pudieron escapar de la persecución del emperador Agustín de Iturbide para organizar la insurrección que haría caer a su gobierno.

 

 

Se llamaba María Micaela. Soltera, tenía veinte años cuando salió de día de campo junto con sus hermanos aquel sábado de invierno. Era algo extraño, con el frío de la Ciudad de México en enero, en la víspera de la celebración de la Epifanía de 1823. La acompañaban sus hermanos Abunda, Juana, José Teodoro y fray Antonio, junto con su primo Esteban Manrique y dos hombres más. Los Soto Mayor, que así se apellidaban, eran originarios de León, pero vivían en la capital desde hacía tiempo. La familia salió del Bajío como muchas otras, tras el fuego que prendió Miguel Hidalgo. Algunas personas nunca perdonaron al cura de Dolores la revuelta que costó vidas y propiedades. Incluso algunos escritores, como José María Luis Mora, llegarían a asegurar que aunque la independencia era necesaria y conveniente para el país, la manera como actuó Hidalgo era reprobable e insensata. Si eso pensaba una persona considerada liberal, ni qué decir de las que se alinearon con el bando “servil” o quienes con el paso del tiempo y las decepciones se asumieron como conservadores. Por supuesto, María Micaela ni era escritora, ni política ni nada de eso. En realidad, es bien poco lo que conocemos de ella, por eso me interesa contar siquiera un episodio de su vida, un episodio pequeño, pero importante. Si no fuera historiador, diría que es un episodio que cambió la historia.

 

Muchas veces hemos escuchado y leído que cuando Agustín de Iturbide consiguió la independencia, hizo a un lado a los antiguos insurgentes. Por supuesto, eso es algo que se viene repitiendo desde hace mucho tiempo y nadie lo cuestiona. Es verdad que Iturbide desaprobaba la insurgencia y, en algún momento señaló que si se volviera a presentar una insurrección como la de Hidalgo y Morelos, la volvería a combatir con igual encono. Sin embargo, incorporó a algunos de los pocos jefes insurgentes en su gobierno: Nicolás Bravo fue designado miembro del Consejo de Estado, mientras que José Manuel de Herrera –uno de los políticos más cercanos a Morelos– ejerció como secretario de Relaciones Exteriores e Interiores; el ya entonces marido de Leona Vicario, Andrés Quintana, ocupó la Subsecretaría del Interior. Vicente Guerrero, el gran caudillo del sur, se quedó con una de las cinco capitanías generales en las que fue dividido el territorio del imperio. Incluso, Iturbide quiso atraerse a Guadalupe Victoria, quien lo rechazó.

 

No obstante, la relación del emperador con algunos de los antiguos insurgentes se deterioró rápido. Una conjura en la que participó el propio Victoria, para evitar que el Congreso estuviera formado por incondicionales de Iturbide, comenzó las desavenencias. En agosto de 1822, el descubrimiento de una conspiración republicana –en la que había tanto antiguos insurgentes, como Servando Teresa de Mier, como viejos realistas, como Joaquín Parrés– desató la ira del emperador, quien empezó a apresar disidentes, aun sin pruebas. Por supuesto, muchos de éstos habían sido insurgentes, como Carlos María de Bustamante, diputado del Congreso que, si bien tenía convicciones republicanas, no había participado en ningún complot en contra del imperio.

 

En octubre, Iturbide disolvió el Congreso. Herrera, el mismo que llegó a ser un hombre de toda la confianza de Morelos, se convirtió en uno de los más férreos defensores del régimen imperial. Otros importantes políticos, en cambio, se mostraron más cautos e incluso desaprobaron las medidas extremas del gobierno. Por ejemplo, el antiguo comandante realista, el español Pedro Celestino Negrete, uno de los militares de mayor jerarquía, fue visto como sospechoso por las autoridades imperiales. Si eso se pensaba de alguien como Negrete, qué no se supondría de personas como Guerrero y Bravo. Por eso, desde octubre, ambos personajes empezaron a ser mirados con recelo y ellos mismos se preocuparon por lo que pudiera pasarles. 

 

Un “hombre alto, moreno y de botas de campaña” fue mandado por Guerrero rumbo  a  Veracruz  para  avisar a los rebeldes de aquel puerto que se unirían a la insurrección contra el imperio. Doña Petra Teruel, como dicen que alguna vez hizo Isabel de Castilla, empeñó algunas de sus valiosas  joyas  para  ayudar  a  los antiguos insurgentes.

 

Don Carlos María de Bustamante señalaría en su diario que el 5 de enero de 1823 don Vicente fue visto en El Nopalito, una “casa de diversión” de la Ribera de San Cosme, muy quitado de la pena. Si fue así, lo hizo para destantear, porque a las tres de la tarde llegó con Bravo y María Micaela al canal de la Viga, en donde estaban esperando los hermanos Soto Mayor y el primo Manrique. Juntos abordaron una canoa para salir por Santa Anita. Pasaron Ixtacalco y en Mexicalcingo compraron velas, pan,  queso  y  puros,  lo  mismo  que  aguardiente.  Cualquiera que  hubiera  visto  a  María  Micaela  se  hubiera  percatado  de  la  enorme admiración que sentía por aquel hombre moreno y fuerte al que acompañaba. Algún malpensado diría que tal vez eran amantes, aunque era un hombre casado y padre de una hija, quien estaría por cumplir los catorce años.

 

Quiero imaginar que la velada fue muy agradable. Me gustaría suponer que el aguardiente calentaría los cuerpos en aquella fría noche de invierno, con el cielo estrellado, en la región más transparente del aire. Hacia las tres de la mañana, doce horas después de haber salido de México y ya cerca de Ayotzingo, el grupo se encontró  con  el  capitán  Antonio  del  Río,  el  coronel  Ignacio Pita y dos jóvenes más, quienes franquearon el  paso. Al parecer, el dinero  que  doña  Petra  proporcionó a la causa sirvió no sólo para comprar las viandas sino para sobornar oficiales.

 

Los Soto  Mayor  regresaron  a  la  capital  sólo  para  verse apresados, junto con algunos oficiales por haber ayudado a escapar a Guerrero y a Bravo. Para su fortuna, los cargos no prosperaron porque no había orden  de  aprehensión contra los dos antiguos insurgentes, quienes más bien eran funcionarios del gobierno.

 

 

Esta publicación es un fragmento del artículo “Micaela Soto Mayor” del autor Alfredo Ávila Rueda y se publicó íntegramente en la edición de Relatos e Historias en México, núm. 92