Primeras normas antitaurinas En Nueva España: en el primer concilio provincial de 1555, se estableció que “ningún clérigo danze, ni cante cantares seglares en misa nueva, ni en bodas, ni en [o]tro negocio público, ni esté a ver toros, ni otros espectáculos no honestos y prohibidos por derecho, so pena de cuatro pesos de minas, la mitad para la fábrica de la iglesia y la otra mitad para el acusador o denunciador”.