Sin embargo, apenas posó sobre su pedestal, los dimes y diretes comenzaron; entre ellos, que distraía el discurso patriótico de la importante avenida de la Ciudad de México. Pero sobre todo su voluptuosa figura y desnudez escandalizaron a las buenas conciencias lideradas por la Liga de la Decencia, que terminaron por obligar al escultor a ponerle un taparrabos hacia 1946.