• 18-jul-2019.

¡Vamos al cine! Les recomendamos “El gran mentiroso”

(Fernando Soler, 1953)
Marco Villa

 

Esta divertida historia de enredos aborda el sueño de muchos mexicanos de antaño, de dejar sus apacibles poblados para viajar a la capital con el fin gozar de las veleidades nocturnas que esta ofrecía a manos llenas.

 

 

Al grito de “¡vámonos!”, los pesados armatostes que devoraban las vías entre Palma Real y Ciudad de México llevaban periódicamente, en los años cincuenta del siglo pasado, a cientos de mexicanos de diversos estratos a cumplir con sus compromisos de vida. Algunos más acudían solo para dar rienda suelta a las más variopintas y hasta dudosas costumbres, como era el caso del gran mentiroso don Rafael… o Pancho Campomanes para los amigos de copas. Él, un padre de familia responsable, un esposo ejemplar y un hombre respetable en su poblado, no dejaba pasar la oportunidad, cada vez que podía, de zambullirse en el encanto que ofrecía a gran escala, desde hacía unos años, la Ciudad de los Palacios.

 

Con sus avances tecnológicos, su cada vez más ensordecedor bullicio y su creciente vaivén nocturno, la capital que poco a poco dejaba atrás los influjos de la posrevolución hacía soñar con su deleite a más de un ciudadano de cualquier rincón del país. Los “aburridos” pueblos eran ahora razón de cambio ante el resplandor vívido de Ciudad de México. Ahí, entre luces, baile, vino y damas de compañía, don Rafael (interpretado por un consagrado Fernando Soler) se divertía a lo grande en sofisticadas noches de juerga a las que seguido acudía, alimentando el desenfreno y las pasiones con que había nutrido su vida lejos del apacible Palma Real desde hacía quince años.

 

Pero para ello tenía que mentir a su esposa Rafaela (Anita Blanch), inventándole que visitaba a un hijo que había concebido por un desliz de juventud. Este aventurado calavera cuenta con la complicidad de su amigo Sabino (Andrés Soler) y de Fernando Palmerín (Joaquín Cordero), quien se supone es el hijo al que va a procurar. Sin embargo, todo se complica cuando su hija Angelita (Irma Torres) conoce al joven Palmerín en el Balneario San Agustín de “aguas termales y radioactivas, lo más eficaz para enfermos del hígado, riñones y reumatismo”. Era la época en que surgían cada vez más sitios de descanso y recreo como este, por lo general enclavados entre las malezas silvestres que bordeaban los poblados contiguos a Ciudad de México.

 

El teatro que ha montado don Rafael está a punto de colapsar y ahora tendrá que asumir las consecuencias. “¿Te has burlado de mí durante quince años?”, le espeta su colérica esposa cuando la verdad sale a relucir. “Y cinco meses… pero te juro que ahí le paro”, responde su abatido marido.

 

Con un argumento basado en la puesta en escena Los hijos artificiales, de los españoles Joaquín Abati y Federico Reparaz, esta cinta dirigida por su propio protagonista, Fernando Soler, se inscribió en la llamada época de oro del cine nacional, contándose entre los filmes hasta cierto punto rutinarios que adulaban las nuevas formas de vida transformadas por el –en muchas ocasiones aparente– ascenso social, cuestionado también por ciertos sectores de la sociedad que decían defender la moral y la decencia.