• 21-nov-2019.

¡Vamos al cine! Les recomendamos “El Escapulario”

México, 1968
Marco Villa

 

Con los esplendorosos parajes de Tepotzotlán como escenario principal, esta cinta filmada aún en blanco y negro es considerada una de las mejores películas de terror en la historia del cine nacional.

 

La penumbra al interior de aquella casona donde yace una moribunda mujer es también un contundente reflejo de la solemne oscuridad de aquel pueblo, apenas iluminado por unos tenues faroles. El joven cura, Andrés, es llamado para asistir a doña María, quien con marcada expresión de resignación asimila ya su inminente muerte. El encuentro de ambos tiene una misteriosa consigna: la preservación de un escapulario cuya mística ha trascendido varias generaciones.

Luego de avanzar al compás del escalofriante golpeteo de sus pisadas presurosas, entre las sombras que arredraban sus pasos, el padre Andrés (interpretado por Enrique Aguilar) por fin cruza el gran portón que al cerrarse deja oír un fuerte rechinido. El azoro enmarca su semblante, pero lo toma con serenidad. Finalmente llega a los misteriosos aposentos de la señora María Pérez (Ofelia Guilmáin) y se dispone a oír más del escapulario que, dice ella, salvó la vida de dos de sus hijos, quienes lo colgaron sobre su pecho y así evadieron a la muerte.

El primero es Julián Fernández (Carlos Cardán), un militar de la Revolución mexicana que profesa un gran amor por su raza indígena, lo que lo lleva a dinamitar un tren enviado por el gobierno para matar a los suyos. El segundo es el caballeroso Pedro (Enrique Lizalde), quien enfrenta dificultades para consumar su amor con Rosario (Alicia Bonet), a lo que se añade que un misterioso hombre otorga al joven el escapulario, que a su vez tendrá un rol macabro –y será capaz incluso de retar a las leyes naturales– al salvar la vida de Julián, quien supera la ley fuga a la que es sometido.

El escapulario, dirigida por Servando González en 1968, destaca por tres razones: la primera es que nos acerca a una centenaria tradición –cuyas raíces datan del México Antiguo– en que la religiosidad y los poderes sobrenaturales, por lo general rodeados de magia y misterio, guardan un vínculo indisoluble con las prácticas y ritos de aquellas culturas que habitaron el territorio mesoamericano, de los cuales hasta hoy se pueden encontrar rastros.

La segunda es que se adentra en las leyendas y mitos del país de una forma extraordinaria; por ejemplo, con el tema de las apariciones de personas –relacionado con lo espectral  y fantasmagórico– que supuestamente vienen de otros mundos para terminar algún pendiente o cobrar alguna afrenta. Y finalmente, la arquitectura religiosa y el ambiente campirano en un México que lo mismo buscaba con afán la modernidad que la procuración de las estampas típicas de sus pintorescos pueblos.

En cuanto al director, sus cintas Yanko (1960), Los mediocres (1962) y Viento negro (1964) fueron bien aceptadas por la crítica, junto con la aquí recomendada. Aparte, su nombre quedó inscrito en los sucesos del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, ya que, por órdenes del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, filmó lo que ocurrió aquel día en la Plaza de las Tres Culturas, utilizando además tecnología de punta. Esto le valió para que en el sexenio siguiente fuera nombrado director general de Cine de la Presidencia de la República, pero eso es historia para otro momento.