• 26-sep-2021.

Un mundo de guerra y alianzas

Daniel Díaz

A menudo se piensa que, antes de la llegada de los europeos, los habitantes de lo que hoy es México vivían en paz, en un ambiente idílico donde florecían las artes, la filosofía y las matemáticas. Lo cierto es que en los códices, monumentos de piedra y edificios que pertenecen a lo que se ha dado en llamar la época prehispánica hay representaciones de deidades de la guerra y maneras de denominar esa actividad.

 

Aquí hemos llegado

Arqueológicamente, el registro de la guerra ha quedado plasmado con mayor nitidez en relieves, murales, esculturas y edificios de la cultura maya. Se da cuenta de las guerras y rivalidades sostenidas por largos años entre las antiguas ciudades de esa cultura. Se describe cómo una ciudad derrotaba a otra y se tomaban prisioneros, a los que se torturaba y humillaba públicamente, además de cómo se sacrificaba a algunos. El armamento empleado también quedó dibujado y, recientemente, especialistas en la materia han sugerido cómo estaban organizadas las jerarquías militares y la manera de guerrear de los mayas.

La mayor parte de las civilizaciones antiguas de México dejaron registro arqueológico o documental de sus actividades bélicas. La arqueología ha supuesto que fue a partir del año 650 cuando la guerra surgió con mayor fuerza. En este sentido, las ciudades fueron construidas en lugares altos o desde donde era posible observar sin dificultad el territorio que las rodeaba. En esculturas, relieves y murales están representados guerreros en plena batalla o incluso muertos y descendiendo al inframundo.

En los documentos se relata la vida, las hazañas guerreras y la toma del poder como señores o reyes de algunos personajes, quienes depositaban en el templo principal del lugar insignias y símbolos que anunciaban tal hecho. También se da cuenta de cómo los pueblos “peregrinaban”, siempre guiados por un caudillo que tenía por nahual a un animal poderoso, generalmente un ave que volaba alto, lo cual está relacionado con el calor, la masculinidad, el Sol y la actividad guerrera.

Esos pueblos generalmente venían del norte, vestían con pieles de animales y eran diestros cazadores con arco y flecha. Asimismo, hacían sacrificios humanos y, guiados por su caudillo –quien recibía órdenes de su deidad mediante el animal que representaba el nahual–, tomaban por guerra a una ciudad que tenía muchos años de haber sido fundada y en la que se suponía todo era un portento; por ejemplo, los edificios y los cultivos.

Después de que la ciudad maravillosa era tomada, los extranjeros dejaban su vida nómada y semisalvaje. Luego viajaban a otra ciudad más grande y poderosa que la que habían tomado y derrotado; ahí, los sacerdotes de esa gran urbe les daban insignias y atavíos con los que se reconocía su rango de gobernantes. En la mitología nahua, el norte era el lugar de los guerreros muertos por guerra, un lugar frío y desértico.

Era todo muy poblado

Para la época del contacto de la tropa de Hernán Cortés con los pobladores de la cuenca de México, Tenochtitlan era una de las ciudades-Estado que controlaba la mayor parte de otras más pequeñas. De estas extraía mercancías necesarias para que se reprodujera la vida en la principal urbe mexica; los productos podían ser maíz, chía, cacao u oro y plumas, así como pieles de animales que no había en la cuenca.

Los mexicas controlaban desde hacía varios siglos a las ciudades-Estado de la cuenca y a muchas otras que estaban en los actuales estados de Chiapas y Veracruz. También existían otras tan poderosas como Tenochtitlan: las de Michoacán, cuya capital era Tzintzuntzan, y la región donde vivían los yopes en Guerrero. Asimismo, es famosa la de Metztitlán (hoy en Hidalgo), de pobladores otomíes y a la que nunca vencieron los mexicas.

Se ha calculado que, para 1520, en el territorio de lo que hoy es México había alrededor de 1,500 señoríos o ciudades-Estado, y que a setecientos de ellos, los mexicas y sus aliados les cobraban tributo. Pero estaban también las que eran controladas por otras ciudades-Estado, como las de Tlaxcala, las de Yucatán, las ya mencionadas del occidente y las que controlaban los zapotecos.

 

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