Permanencia voluntaria

Y otras antiguas costumbres en el cine

Marco A. Villa

Sin duda, entre lo que más se extraña del cine es la permanencia voluntaria, establecida como una estrategia comercial desde el mismo año en que inició la Revolución en nuestro país, extendiéndose hasta la última década del siglo pasado. Hoy es difícil concebir que el costo de un solo boleto alguien podía ver dos o más filmes del momento, pero por décadas fue posible.  

 

La fila de personas frente al suntuoso palacio de centelleantes marquesinas solía doblar más de una esquina cada noche que había película de estreno. Mientras más cerca del límite de la hora programada llegaran, más apremiante era la sensación de que no se alcanzaría el anhelado lugar; sin embargo, sus butacas para instalarse cómodamente frente a la inmensa pantalla solían contarse por miles, aunque los tempraneros eran quienes se hacían de algún asiento privilegiado junto al pasillo o en el centro del recinto, desde donde se pudiera observar el rectángulo sin necesidad de alzar o girar demasiado la cabeza. Amigos, parejas, vecinos, numerosas familias y hasta un alma solitaria desataban el bullicio mientras concurrían en las elegantes y por lo general enormes salas de cine de las ciudades mexicanas.

Aunque se contaban por decenas y los diferenciaban contrastantes características, las salas de cine parecían no alcanzar a satisfacer la demanda del público, que por décadas los tuvo como uno de sus recintos favoritos para el entretenimiento de cada fin de semana, prácticamente desde finales de los años treinta y hasta los noventa. Por eso, llegar a ellos pudo implicar alguna leve discusión al tratar de encontrar estacionamiento o ganarle a un taxi que intentaba orillarse; o más difícil aún, descender de este o del tranvía entre el remolino de automóviles que se congregaban a sus puertas. Y una vez en la acera, había que movilizarse para recibir la presurosa atención de la boletera uniformada que seguramente llevaba ya varias horas despachando dentro de alguna de aquellas curiosas taquillas circulares o cuadradas que solían flanquear la fachada del recinto.

Como los populares espacios de socialización que eran y sobre todo durante las funciones que convocaban menores de edad, antes de que la película comenzara era habitual ver a las y los niños correr de un lado a otro de la pantalla montados sobre el escenario, siempre entre gritos, risas y uno que otro llanto. Los hubo quienes se apresuraban a bajar cuando las luces se apagaban y el proyector iluminaba la superficie blanca hecha de concreto o yeso, aunque cuando esta era de tela, no faltaban los que se quedaban detrás de ella para aparecer ante el respetable como una sombra. Mientras, los adultos terminaban de comprar sus palomitas, helado, dulces o refresco; en algunos casos, pensando en que por lo menos les durara hasta el intermedio.

Una vez que lograba imponerse el silencio, comenzaba “a correr” una serie de comerciales que después dejaban su lugar a las que se consideraban las mejores producciones de la cinematografía nacional e internacional. Entonces, actrices y actores parecían dar lo mejor de sus capacidades histriónicas mientras participaban en esas historias que, sin importar el género, solían reflejar pequeños y entrañables fragmentos y ambientes de la vida de las sociedades de México y el mundo. Dramas familiares, escenas de seducción, homicidios, nacimientos y muertes, baile, romance… pero sobre todo el nivel de sensibilidad, pasión o humor con el que conectaran con el público a través de la historia relatada, hacían de estas producciones y de los recintos –sin importar su despliegue arquitectónico y tecnológico– los momentos cumbre del séptimo arte en México hasta hoy recordados.

Pese a que el encendido de la luz no siempre era gradual, el momento del intermedio era también especial: respiro, desahogo, conversación, tiempo para fumar, ir al baño o por más viandas. Además, en alguna época fue común que la industria diera cabida a la exhibición de los anuncios del momento, los avances de nuevas producciones o a noticiarios propagandísticos del partido en el poder, donde además de una que otra noticia de actualidad, se proyectaban las acciones proselitistas de presidentes y gobernadores. Cine Verdad, Actualidades –con la voz del consagrado cronista deportivo Fernando Marcos, quien también incursionó en el cine como documentalista y productor– o el Noticiero Continental serán quizá las más recordados por los asistentes a las salas de cine.

Y como el cine agradaba a la gran mayoría, su popularidad y presencia se extendió hasta a los mismos barrios populares y pueblos, aunado a que una de sus cualidades desde sus comienzos, entre finales del siglo XIX y principios del XX, fue el de la heterogeneidad en cuanto a la condición social de su audiencia, dispuesta a divertirse pagando lo estipulado en la taquilla –aunque se enojaran los ricos– o abarrotando las plazas públicas donde las funciones eran gratuitas. Llegaron así los cines de barrio, los cines piojito, los cines terraza, los cines al aire libre o las pequeñas carpas de las ferias. Al fin y al cabo, el cine era de todos y para todos.

Pero sin duda, entre lo que más se extraña es la permanencia voluntaria, establecida como una estrategia comercial desde el mismo año en que inició la Revolución en nuestro país, extendiéndose hasta la última década del siglo pasado. Hoy es difícil concebir que el costo de un solo boleto alguien podía ver dos o más filmes del momento, pero por décadas fue posible. Según el investigador Carlos Villasana, en 1910 el Cine Palacio invitaba a asistir a sus salas de cine, por un pago de 35 centavos, a aquellos que dispusieran de tiempo libre entre “las cuatro y las doce de la noche” para entretenerse con “seis vistas”. El problema a veces era que, si los padres de familia decidían quedarse, debía informarse previamente en qué consistía la siguiente película, porque podrían verse involucrados en un momento incómodo ante sus hijos si es que esta era “inapropiada” para los menores.

La permanencia voluntaria, el intermedio, las salas de cine de grandes dimensiones, las pantallas de tela o concreto, las boleteras y las dulcerías fueron desapareciendo o cambiando su fisonomía desde hace poco más de veinticinco años, hasta adoptar la forma que les conocemos hoy prácticamente en todo México. Pese a ello, el cine sigue siendo una de las diversiones preferidas de los mexicanos y la industria en torno a ellos una de las más redituables… ¡aunque muchos extrañamos las viejas costumbres que el cine nos dejó!

 

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